Amor sobre ruedas hace 104 años

Soledad Antón*+ soledad.anton@lavoz.es

VIGO

Doce décadas de ciclismo gallego. De competición, digo, porque del de mero disfrute hay que remontarse casi a la invención de la rueda. Aprovechando que faltan pocas semanas para que la Vuelta a España pasee el nombre de Vigo por medio mundo, y para que la ciudad viva el bullicio de la gran prueba, la Consellería de Cultura e Deporte ha programado una exposición itinerante. Quiere conmemorar así los 120 años de ciclismo gallego que, curiosamente, se cumplen este mes. ¿Qué donde se celebró aquella primera prueba de la que se tiene noticia? Pues precisamente en Vigo.

Casi siempre que cae en mis manos una fotografía antigua de la ciudad, pongo a prueba la memoria histórica de Gerardo González Martín que, como ya he contado otras veces en esta sección, es un archivo documental con piernas de casi todo lo que tiene que ver con las postrimerías del XIX y la primera mitad del XX. Bueno, pues en esta ocasión no sólo salió airoso de la prueba, sino que su concurso fue determinante para que la fotografía en cuestión (en realidad postal) sirva ahora de soporte al cartel anunciador de la exposición.

La historia no sólo tiene su miga deportiva, sino también su vertiente sentimental. Se remonta al año 1903 cuando Gerardo Campos, el gran señor de Rande, envió una postal a su novia. Dada su pasión por el ciclismo, que no sólo practicó sino que lo hizo tan bien que fue campeón de Galicia allá por 1901, eligió una en la que podía contemplarse la salida de una carrera en el velódromo vigués en la que, entre otros ciclistas, participaba Manuel Neira, que sería campeón de España en 1904 y 1908.

El puro azar hizo que aquella postal, dirigida a Adela Elías, que llegaría a ser la señora de Campos, fue localizada por el propio González Martín en una almoneda madrileña. Claro, la adquirió sin pestañear, más que nada porque, al margen de otras cuestiones, le venía de perlas para un libro sobre la historia del ciclismo gallego que entonces sólo tenía en mente y que ahora está a punto de llegar a las librerías.

Una vez más, González Martín no sólo supo explicarme cual era el escenario de la fotografía (en este caso lo que entonces era playa y hoy es Montero Ríos), sino que conocía hasta la intrahistoria del documento. Lo dicho, su mente alberga un archivo documental sobre la ciudad de primer orden. Amén de otras cosas, claro.

Las avistadoras de cetáceos ya están en tierra. Estaban seguras de que la experiencia dejaría huella y así ha sido. Nuria Sánchez y Lidia Isabel Carracedo han llegado agotadas pero felices de su periplo por el Atlántico a bordo del Cornide de Saavedra. Son las estudiantes de Biología y Ciencias del Mar que, gracias a sus notas y a su interés por el mundo marino, se hicieron acreedoras de la invitación del Instituto Oceanográfico para participar en su última campaña.

Tocaba avistar cetáceos. Y eso hicieron. A cientos, según cuenta Nuria. Pero también tuvieron la oportunidad de vivir un temporal en alta mar y hasta de comprobar que el tiburón cuando muerde es que muerde de verdad. De hecho se han traído como recuerdo varios dientes de un ejemplar. Se los dejó clavados en el hidrófono (el aparato que detecta el sonido de los delfines) tras pegarle una dentellada.

Por hacer, hasta hicieron un día (dos minutos y vigiladas muy de cerca, claro) de timoneles. Con tanta atención tal vez el resto del equipo y tripulación trataban de hacerse perdonar algún pecadillo. Como la novatada de encerrarlas en el camarote el 25 de julio, justo el día que estaba programada una pequeña fiesta para celebrar la onomástica del coordinador de la campaña.

Claro que se las brujulearon para salir. Luego no tuvieron más que seguir el olor de la tortilla y la empanada para sumarse al sarao en medio las risas cómplices generales. No debió de ser muy cruda la cosa porque Nuria ya piensa en repetir.