La Mirilla
10 mar 2007 . Actualizado a las 06:00 h.Acertaron en la elección del día. El sol brilló tanto como los coches y la fiesta de los clásicos a ritmo de rally fue más que nunca eso, una fiesta. Los profanos han de saber que estamos hablando de una competición bien especial, y no sólo porque esté vedada la participación de coches sin al menos nueve trienios de antigüedad, sino porque no siempre el vencedor es el que llega antes. No, no es un jeroglífico, es que la otra regla de oro de la marcha es que han de cumplirse las normas de tráfico al pie de la letra. Al contrario que en Monte Carlo o en los Mil Lagos, está penado pisar el acelerador. Más que nada porque la prueba se disputa por carreteras abiertas al tráfico. Casi todas secundarias, amén de los tramos ciudadanos. En resumen, que 50 kilómetros por hora es la velocidad punta durante casi todo el recorrido. Por lo que pudimos observar en el punto de salida, instalado en Samil, hay mucho forofo del coche carrozón. Eso sí, cuidado al límite. Los había de todos los modelos y motorizaciones. Desde el humilde Simca 1000 (sí, aquel en el que según la canción es difícil hacer el amor), hasta los exclusivos Porsche, Jaguar o Ferrari. Una cosa les iguala a todos, el mimo con el que sus propietarios los cuidan. Entre los fijos de este tipo de encuentros, pudimos ver a Manuel Ferreira, propietario de una de las colecciones más importantes de coches clásicos. Ayer se decantó por el Porsche 901. Nely Lorenzo, su mujer, que también compitió, optó por un Ferrari Dino del 72. Aunque en total participaron cerca de una treintena de mujeres, la práctica totalidad lo hicieron desde el puesto de copiloto. Al volante sólo se puso, además de Nely Lorenzo, Asun Morais, a los mandos de un BMW 2002 del 74. No faltaron las sagas. Por ejemplo la de los Iglesias. Javier, el padre, pilotó un Lancia Flavia, en tanto sus hijos, Álvaro e Isaac, iban de copilotos con dos nombres propios de peso: Manuel Ferreira y Juan Lumbreras, uno de los mejores restauradores de coches, especialista en Jaguar. Otros dos habituales son Manuel Jove y Manuel Sanjurjo que, como es sabido, reparte sus querencias entre los coches clásicos y el Cristo de la Victoria. Sanjurjo fue, junto con Corina Porro, el encargado de dar la salida. Como, al margen de darse un garbeo de 240 kilómetros en sus viejos cacharros, de lo que se trataba era de divertirse y compartir secretos sobre pistones, llantas, bujías o cajas de cambios, eso hicieron. Primero en Mondariz, donde les esperaba el primer avituallamiento de cuchillo y tenedor. Ya de noche, el segundo en el hotel Coia, donde la entrega de premios (que casi es lo de menos) adobó la cena de fin de carrera. Ya quedaron para el próximo año.