Literatura y protocolo

La Voz

VIGO

En dos palabras eso viene a ser el protocolo. Ni más ni menos. Y así se lo han aprendido las catorce alumnas y el alumno que han asistido al curso de especialización en protocolo y empresa impartido por Ingafor, y que el pasado viernes recibieron los diplomas que acreditan que lo hicieron con aprovechamiento. Fue en el hotel Los Escudos, justo después de que Mar Casas, experta en protocolo e imagen, ofreciera una lección magistral. Dicen los que verdaderamente saben de esto, como Lucero Salgado, que los profanos solemos tener una visión muy acartonada del protocolo, que con frecuencia confundimos con las actitudes sociales. El acto contó con la presencia del famoso cocinero Mario Sandoval. Esta vez no vino a demostrar su sapiencia ante los fogones, sino como invitado de honor. Méritos no le faltan. Uno de los últimos la medalla de plata de la Comunidad de Madrid, concedida por primera vez a un cocinero. También acudió Fernández Alvariño. No hay que olvidar que la cosa iba de protocolo empresarial. Y es que la globalización de los mercados obliga a las firmas a estar a cabo de la calle de costumbres y culturas de otras latitudes, ya no sólo para facilitar los contactos, sino para no meter gratuitamente la pata. Las universidades tendrían que copiar del fútbol Es la teoría que defiende José María Franco, ahora dedicado al ejercicio de la abogacía en Vigo, que acaba de presentar su libro Meditaciones universitarias. La Universidad de Vigo en el siglo XXI. Para empezar, el único presidente que ha tenido en su historia la asociación Amigos e Antigos Alumnos da Universidade de Vigo, defiende la competitividad de las entidades docentes. Formado, entre otras, en la Universidad de Wisconsin-Maison, mira con envidia a las instituciones extranjeras con presupuestos seis u ocho veces superiores a los nuestros. «Para hacer universidades de prestigio hay que llegar incluso a lo que hacen los clubes de fútbol, fichar a los mejores. Cuando tienes uno o varios profesores de gran proyección, cuando se espera la publicación de sus trabajos o interesan de manera muy especial sus manifestaciones, otros profesores e innumerables alumnos quieren acudir a esas universdades. Algo así tendremos que hacer aquí». Dicho queda. Contador de palabras Anda Camilo Franco estos días de bolos por toda Galicia. El viernes le tocó Vigo. La culpa de tanta actuación, alguna tan a deshora como la del viernes en el Van Gogh, la tiene su último libro, Palabras contadas (Xerais). El compañero periodista ha elegido muy bien el título porque, como el lector podrá comprobar, algunos de los relatos que se incluyen en la publicación no pasan del centenar de vocablos. Eso sí que es capacidad de síntesis cuando de hacer hueco a un arranque, un nudo y un desenlace se trata. Tal vez por eso, parafraseando aquella reivindicación de los jornaleros del campo, defiende que la palabra tiene que ser para el que la trabaja. Y Camilo se la trabajó durante un buen rato en el Van Gogh, acompañado en su soliloquio por la guitarra de su paisano Magin Blanco. Derrochó ironía y hasta soltura de actor sobre el escenario. Manitas Y no me estoy refiriendo tanto al que tiene gran habilidad con las manos (o sí), como a los impulsos que siente Ignacio López Chaves a dar uso a los objetos que tenga a mano. Según confesó en el Marco, a propósito de la presentación de Entre fronteiras, había leído el catálogo de la muestra en cuanto se lo dieron «porque soy incapaz de no leer si tengo un libro delante, de no pegarle una patada si lo que tengo es una pelota o de no cortar con ellas si tengo unas tijeras». Menudo cuidado habrá que tener de no meterle en la mano según qué cosas. El que tuvo reflejos fue Iñaki Martínez, que se apresuró a tomar la palabra al edil cuando éste dijo que el museo hace muchas cosas y que está pensado en darle más dinero. A ver.