Cuarenta años esperando novicias en el convento de Tui

Monica Torres
M. Torres TUI

VIGO

Tras los muros, «pero no encerradas», las únicas siete hermanas de clausura que conforman la orden de la ciudad rezan para que la vocación lleve nuevas compañeras

07 feb 2007 . Actualizado a las 06:00 h.

«Tui no se entiende sin el convento de las Clarisas». Así de contundente se mostraba ayer el edil de Cultura, antes de acompañar a los periodistas que por primera vez, iban a entrar en este recinto religioso. Y es que, Moisés Rodríguez, por su calidad de concejal, es una de las pocas personas que han entrado más allá del locutorio, además del personal que acude a realizar alguna obra de mantenimiento o reparación. La sobriedad y majestuosidad del inmueble evoca un misterio que se hace más contundente mientras se abren y cierran con llave puertas que conducen al locutorio. Allí, tras una reja, nos recibe la abadesa, Sor María Elena Rodríguez Pombo. «Es la primera vez que me entrevistan», afirma con sencillez y naturalidad mientras describe sosegadamente cómo es el convento, «desde donde se contemplan los tres reinos, el de España, el de Portugal y el del Cielo». Su discurso colma el espacio y la conversación ralentiza el tiempo a medida que describe la vida dentro, la dinámica diaria y el futuro incierto, «porque no hay vocaciones, es una pena y una preocupación, porque algunos conventos tienen que cerrarse, aquí lo maravilloso sería que viniera una comunidad, ése es mi empeño y lo que le pido al Señor». Ahora son siete las monjas que conviven en el convento, «igual que en mi casa, donde también éramos siete hermanos, aunque llegamos a ser cincuenta». Sor María Elena, a sus 83 años, recuerda, emocionada, como cuándo ella ingresó, con veinte años y «tras darle un gran disgusto a mis padres que querían que fuese maestra, nos juntamos trece novicias». La falta de vocaciones es una situación ocupa un lugar destacado en sus plegarias, «la última Hermana que ingresó fue hace cuarenta años. Ya ha venido algún grupo «el último, cuatro hermanas del Perú, que nos endulzaron un poco, pero se fueron porque claro, añoran su país». Las rejas son ya sólo un elemento físico, cinco minutos después. Además, Sor María Elena explica, «lo de monjas encerradas es un mal tópico, hay libertad plena, aquí se vive la alegría, tanta como cuando era niña, porque vivo para lo que fuí llamada». No son dos mundos separados. Conocen perfectamente lo que pasa fuera y a ellos dedican sus oraciones. No suelen salir, «salvo caso de necesidad, como para ir al médico o atender a familiares enfermos», pero se informan diariamente de la realidad a través del telediario, la prensa local, y las visitas». También hay un ordenador, que maneja la abadesa, para usar para los trámites administrativos. Entre todas realizan las labores domésticas y mantienen la vida espiritual en grupo.