¡Que tristeza de cementerio!

VIGO

IN VICUS | O |

06 oct 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

EL porqué nuestros camposantos son lugares tan pequeños y están tan atestados de piedra es algo que nunca he logrado comprender. Es como si los vestigios de una cultura agraria y minifundista se reflejaran también en la última morada, o que, quizás, en una economía poco boyante, una vez muerto, cuanto menos espacio y menos coste, mejor para los deudos, lo cual, en cierto sentido, parece razonable. Una vez fallecido, ¿qué más dará dónde nos depositen siempre que se haga con dignidad, respeto y en condiciones de higiene? Al fin y al cabo, como dice un viejo adagio chino, una persona no muere mientras haya alguien vivo que le recuerde. Al margen de lo anterior, es evidente que la falta de previsión, el afán especulativo y los pingües beneficios que mueve el entorno funerario también tienen una influencia relevante en el mantenimiento, tamaño y consideración de los cementerios. ¿En qué plan urbanístico se despilfarra terreno para ubicar un camposanto? ¿En cuál se vigila fuera de las horas de visita las tumbas de nuestros antepasados? Por el contrario, resultan envidiables esos amplios cementerios norteamericanos, donde las lápidas reposan, convenientemente separadas, en grandes extensiones en las que el cuidado césped y los árboles invitan a disfrutar del descanso eterno. Resulta mucho más reconfortante pensar que nuestro cuerpo regresará a la tierra en un lugar hermoso en vez de permanecer bajo el frío mármol a disposición de cualquier vándalo o aspirante a satanista. Es mucho más humano un jardín que un enjambre de calles flanqueadas por piedra como el cementerio de Pereiró, por otra parte, fiel reflejo del urbanismo de nuestra ciudad.