Canogar, testigo lúcido de nuestro tiempo

| PABLOS |

VIGO

RECIEN cumplidos los setenta años, Rafael Canogar, artista plástico, toledano universal, puede presumir de haber recibido todos los galardones internacionales imaginables y de estar presente en museos de todo el mundo. Y sin embargo, si os acercais a él hallaréis un hombre de rostro cetrino, con el antifaz de su gafa de color muy oscuro, que hablará parcamente, sobre todo de sí mismo, y se sorprenderá de que su interlocutor ocasional, quien esto sobre él escribe, sepa unos cuantos datos de su intensa vida y de su imperecedera obra, como es obligación de un crítico de arte, a poco exigente que fuere. Llega ahora al Centro cultural de Caixanova una muestra antológica de la orba de este testigo lúcido de nuestro tiempo, sobrecogedor, más que impresionante, que sería ya mucho, en sus imágenes de violencia, de agresión y dominio degradante del hombre por el sistema, un tanto orwellianamente, aunque algún ingenuo afirme que no se ha cumplido la famosa predicción que en su novela «1984» hizo el británico. Canogar, vocación temprana, trotamundos impenitente, pasó por el neocubismo fecundo de Vázquez Díaz, por la ceránica, la abstracción, el informalismo absoluto y desde un «pop» trascendido y trascendente, nos dio esas imágenes en negro, escuetas, impresionantes, en las que la anécdota dramática alcanza la categoría de perdurable, el más cabal testimonio contemporáneo. Tanto, que ha sido comprendido, aplaudido y adquirido en todos los países del mundo, tras alzarse con esos galardones que son a la pintura -o a la creación plástica, porque muchas veces la obra de Canogar no puede calificarse estrictamente de ·pintura»- lo que el Nobel a la literatura. «Canogar paso a paso» han titulado esta muestra viguesa, acontecimiento cultural de primera magnitud, porque, entre otras cosas, este artista fundó el grupo «El Paso», fundamental, con el catalán «Dau al Set», para la evolución de la pintura española desde la ruptura con el convencionalismo más o menos trasnochado o folklorista. Fragmentos de figuras, momentos no ya perpetuados, sino, como él mismo ha escrito, fosilizados. Retenciones de instantes que son a nuestro tiempo lo que, con sus «pasos» de Semana Santa, pretendieron la Iglesia contrarreformista y los grandes imagineros del Barroco, como nuestro Gregorio Fernández. Acaece, no obstante, que Canogar no gesticula. Le basta la realidad, captada en su estricta morfología, para inquietarnos, para obligarnos a pensar, a reflexionar. Porque sus escenas, paradójicamente, imponen silencio, ya que sogrecogen, y sin embargo hablan a la conciencia más dormida, gritándole con palabras implícitas que suscribirían Camus, Beckett, nuestro Buero Vallejo.