Laxeiro se sienta en Castrelos

PABLOS

VIGO

CONTRASTES | O |

22 feb 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

DESPUES de años esperando que el Concello cumpliera su compromiso, Laxeiro, en muy vera efigie, de la mano de su amigo y pintor Ignacio Arrondo, está ya en el Museo de Castrelos. De momento, almacenado, esperando la oportunidad de mostrarse tal cual era: despejada la frente hacia el cráneo mondo, lacia la melena rala, cabalgando sobre su naricilla la gafa deslizada, sentado y leyendo atentamente un periódioco. Es decir, como hizo, mañana tras mañana, año tras año, en la cafetería del autor del cuadro, junto a la cristalera que mira a la arquitectura neo barroca del entonces teatro García Barbón, perpetuado y hermoseado como Centro cultural de Caixanova. Arrondo, cordial, bondadoso, modesto, quiso que la que es acaso la mejor de sus pinturas, quedara en el museo local, no tanto por su mérito, que lo tiene, y mucho, ya que es un espléndido retrato, realista y nostálgico a un tiempo, sino por su valor iconográfico, de efigie de uno de los más señeros artistas gallegos. La viuda de Arrondo cumplió el deseo del fallecido y la ofertó al Concello, que la aceptó de inmediato. Mas, vayan ustedes a saber por qué -acaso porque las cosas de palacio, aunque sea sólo municipal, van muy despacio- han pasado dos años o más hasta que el Concello fue a hacerse cargo de la pintura. Y curiosamente, coincidiendo con el aniversario del retratado, que el 23 de febrero -dramático y al fin, esperpéntico día- hubiera cumplido noventa y ocho años. Como sus fieles amigos saben, pues siguen reuniéndose en tal señalada fecha, Laxeiro se nos fue allá por los noventa y tantos de la centuria pasada. Su obra, desde entonces, no ha hecho sino crecer en prestigio y estima generalizados. Son ya docenas las publicaciones que la estudian y glosan e, indudablemente, el suyo es un nombre de gallego universalizado que vivió entre nosotros en loor de multitud y aquí falleció sólo fisicamente, puesto que queda trascendido e inmortalizado en su obra, barroca, soñadora, imaginativa, tierna y folklórica, a veces un tanto disparatada pero siempre, al fin, dotada de su personalidad. De esa peculiar, casi inefable personalidad suya, entre aldeana y culta, entre populista e intelectual, sobre todo cuando reflejaba ámbitos gallegos de ayer y de siempre, porque están en el alma y en la sensibilidad de cuantos vibren en el clima atlántico de este hermoso país.