ANTÍPODAS | O |
29 oct 2005 . Actualizado a las 07:00 h.ESTE es un país donde se habla poco de política y mucho de fútbol, cosa que a mí no me parece mal, pero resulta que hay reglas distintas para hablar de lo uno o de lo otro. Se puede discutir a cara de perro sobre fútbol, regar de epítetos a jugadores, árbitros o entrenadores, y poner a parir, en fin, lo que a uno le plazca y a quien le plazca, sin que se escandalice el gallinero. Cuando el gallito es un periodista, ahí están los tribunales para que el que se haya sentido injuriado. Hace un tiempo, ese criterio liberal regía también, más o menos, para la cosa política. Ibas a cualquier parte, y lo menos que decían del presidente de la Xunta era fascista; término devaluado por exceso de uso, pero que marcaba el mínimo en el termómetro de insultos. En cuanto al presidente nacional, bueno, si en la tele le llamaban asesino los presentadores, no es difícil imaginar qué se decía en los bares. En fin, que daba gusto ver tanta libertad de expresión, y tan bien aprovechada; con tanta originalidad creativa, quiero decir. Pero se acabó la dulce libertad de manifestarse uno como le pida el cuerpo en la discusión política. Si uno rechaza y condena el proyecto de Estatuto catalán, se convierte en catalanófobo, crispador, demonizador y redomado anti-catalán. Y si se mete con el gobierno, en un apocalíptico catastrofista necesitado de tratamiento psiquiátrico. Por esas cotas creativas andará, supongo, lo que va a decirse de quienes critiquen ese Estatuto gallego destinado a profundizar en el autogobierno. Aunque como profundicen mucho, igual no vuelven a salir a la superficie. Estas quisicosas les traen al fresco a los que no hablan de política, pero cuando la censura asoma su larguirucha nariz no dejará de meterla en todas partes. Y la política se ha metido en el fútbol.