Se busca dueño responsable

La Voz

VIGO

FOTOS: XOAN CARLOS GIL

La Mirilla Tres caballos se encuentran en el zoo esperando a su propietario

20 sep 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

El caballo es confianzudo, se acerca y le gusta que le acaricien el hocico, que pega contra las barras a la espera de que le den comida. Se mueve inquieto y ya tiene ubicada la puerta de entrada, porque no se despega de ella clamando atenciones. La yegua y su cría son más asustadizos, en cuanto se acerca gente intentan encontrar un hueco aislado donde no ser molestados. Los tres buscan dueño. Aparecieron en Candeán y Zamáns respectivamente hace unos doce días y ahora esperan en el zoológico a que alguien los reclame. Se aceptan pujas Con una marca en sus cuartos traseros con las letras C y F la yegua se pasea por la jaula, apartada del barullo de los visitantes en una zona de acceso restringido. Es del país y tiene una cría con la piel oscura como el chocolate que ronda los siete meses. Fueron llevadas por la policía a la Madroa y en quince días aproximadamente, los establecidos desde que salga en el BOE, saldrán a subasta junto con el otro caballo, de raza común. Casos habituales Así que si a la vista de la estampa le entra la ternura y tiene un hueco, no sirve la terraza lavadero, puede pujar por ellos cuando se lleve a cabo la subasta. Este tipo de sucesos no son extraños, ya no es la primera vez que llegan caballos o burros al zoo y tienen que ser subastados, aunque los precios que alcanzan no son al parecer muy altos. Algunos, como el macho que se encuentra encerrado, llegan tras algún pequeño incidente, «al parecer estaba comiendo maíz en una finca», comenta la cuidadora. En los tres casos los animales se encuentran sanos y comen bien, su único problema es encontrar a su dueño. Otros inquilinos A la espera también de tener casa definitiva se encuentra el cuervo Paquita, un ave negra como el carbón que está pegada a las barras y que, cuando menos se lo espera, suelta unas palabras. Pero en contra de ese nombre de señora con voz chillona y coqueta, cuando el pájaro dice «Paquita», se escucha un sonido ronco y grave, de fumador cincuentón, que ni Sabina demuestra tanta nicotina en sus versos. Claro que hasta que le terminen su jaula tendrá que conformarse con parlotear con los empleados y con sus vecinos los caballos. Otras ya tienen casa tras haber cambiado la residencia, una cabritilla descarada se ha trasladado de la granja escuela al zoo «era demasiado activa y tenían miedo de que empujara a los niños», comenta la cuidadora. La alegría se le nota en las confianzas que se toma con todo el que se le acerca, más parece un cachorrillo dispuesto a jugar con cada lametón. Tiene una mirada inquieta y juguetona y no duda en subirse al muro para acaparar las atenciones de los visitantes. Y es que cada uno de los animales que se encuentran en el zoo de la Madroa tiene su historia, desde unos patos que reclaman cuidados cuando se pasa por la zona y se les ignora a una familia de linces que sólo se espabilan para la hora de cenar.