IN VICUS | O |
09 sep 2005 . Actualizado a las 07:00 h.AHORA que el tiempo aún permite e invita ir a cenar con los amigos a las típicas tabernas de la costa es cuando uno se percata de la fortuna que tenemos y lo poco que la valoramos. Los «frutos del mar», tal y como los franceses denominan atinadamente al conjunto de pescados y mariscos de los que tenemos tanta oferta y variedad, son un patrimonio tan valioso como poco considerado en esta sociedad nuestra tan dada al consumo y a la vida fácil. Esa despensa marítima que de forma tan voraz e inconsciente saquean muchos avariciosos ha dado vida a esta ciudad desde sus orígenes más remotos. Los numerosos yacimientos arqueológicos que vinculan el milenario «vicus» con la civilización romana y sus industrias pesqueras empiezan a salir a la luz cada vez con más frecuencia haciendo imposible separar pesca y mar de la esencia de los vigueses. Pese a esta ancestral vinculación, origen del despegue industrial y económico en el siglo XIX con la instalación de conserveras y astilleros, carecemos en esta ciudad de un verdadero orgullo marinero. Desde su urbanismo que ha crecido de espaldas a una ría que es un don de la naturaleza a la poca potenciación de un instrumento tan interesante como es el «Museo del Mar», todo nos aleja de lo que nos convierte en el primer puerto pesquero de Europa y futura sede de pesca de la Unión Europea. Paradójico resulta que regatas de prestigio internacional como la Volvo Ocean Race o la Cutty Sark, eventos del calibre de Conxemar o trasatlánticos como el Queen Mary sigan llegando a esta urbe, rebelde con su propia razón de ser, mientras seguimos empeñados en construir muros que tapan la costa y nos impiden incluso ver el mar.