CONTRASTES
06 sep 2005 . Actualizado a las 07:00 h.PROBABLEMENTE, Olga Ramos no sabía que buen número de los cuplés que cantaba los había escrito un artista asturiano, Martínez Abades, que pintó en Vigo el mismo mar que ella contemplaba en sus actuaciones al aire libre en la añorada terraza del desaparecido hotel Universal. Dilatadas eran sus temporadas estivales, al frente del conjunto en que su hermana fue, acaso, la primera española que atacaba la batería, y en la primera cadena de radio española se la escuchó, en entrevista viguesa de nuestra autoría, iniciando así su presencia en Madrid para alcanzar extraordinaria popularidad. Ha sido la postrer estampa del casticismo; la chulapa insinuante, picarona, acompañante de don Hilarión y sobrina de la señora Rita, capaz de domar al desafiante Julián de «La Gran Vía», aunque extremeña era de nacimiento, y pacense por más seña. Se nos acaba de ir, cuando se aproximaba a los noventa, después de muchos sobre las tablas y tras cursar carrera de violinista en el Conservatorio. Porque la cupletera del «Ay, Cipriano», del «Serranillo» y «Flor de te», en cuya interpretación la precedieron Raquel Meller y La Chelito, y la sucedió para desgracia del género Sara Montiel, tenía una completa formación musical y era excelente violinista, amén de poseer una voz de tiple bien timbrada y administrada, que contó con ilustres admiradores en los Madriles de su local «Las noches del cuplé», y que en las viguesas de Montero Ríos, a veces con relentes traidores, aclaraba disimuladamente recolocándose el mantón de Manila, que con tanto garbo y cimbreo de caderas lucía en inmarchitable galanura. Mi Cipri llamaba a su marido, músico también, y a su mínima entidad física dedicaba, insinuante, aquello de «Ay, Cipriano, no arrimes tanto la mano, nos seas exagerao...». Aseguraba que se retiraría cuando se le arrugara la voz, pues el rostro, aún atractivo, acusaba las huellas de una madurez que era ya ancianidad enmascarada de garbo y salero. Quizá allá, en ese lugar imposible de determinar, haya habido fiesta, y hasta celestial diversión, cuando la encantadora Olga Ramos, nieta de Goya, hija de Arniches, sobrina de Bretón y Chueca, llegó a la morada eterna, dispuesta a competir con los coros angélicos. Se la había apropiado Madrid, pero fue viguesa muchos años, aquéllos en que el siglo que se nos fue acaba de doblar y aún traqueteaban los tranvías frente al Club Náutico, para poner un chirrido molesto en la melodía lánguida de la cupletera. Sé de un paisano suyo que le chiribiteaban los ojos cuando Olga cantaba aquello de «Serranillo, no desprecies mi cariño...». Y es que el cuplé, el auténtico, está. ya por siempre, de luto mayor.