La Buzaca, donde habita el silencio

| PABLOS |

VIGO

PROBABLEMENTE no descubramos nada, porque ya, casi todo el mundo, conoce nuestro turismo rural y ha visitado alguno de sus muchos establecimientos, repartidos por toda la geografía gallega, sobre todo por la del interior. Sin embargo, aún quedan, y acaso no pocos, quienes entienden que vacaciones y descanso son bullicio playero de moda, chiringuito y discoteca nocturna, con abigarramiento de multitudes y entontecimeinto de mentes. De ahí que hayamos gozado en uno de esos lugares frailuisianos, de descansada vida para quien huye del mundanal ruido siguiendo al escondida senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido. Uno cualquiera, elegido al azar, de esos lugares, es La Buzaca, pazo del siglo XVII con capilla, palomar y ciprés, como debe ser, amén de escudo nobiliario y bosque propio de varias hectáreas. Verdad es que se llega a él por casi escondida senda, desde Moraña, en nuestra provincia pontevedresa, rozando el santuario de los milagros de Amil, en el lugar de San Lorenzo. Allí, de veras, habita el silencio, la cordialidad. Porque está regido por quien ama la mansión de sus mayores, con ejecutoria de siglos, y es compañero y dialogante más que posadero. Testimonios hay de todo cuanto decimos en piedras, mobiliariio, ambiente. Huelga decir que el vetusto recinto, de tan noble sabor, ha sido objeto de las reformas y modernizaciones precisas para que, sin perder su carácter, acaso su principal encanto, sea confortable, cómodo. Mas ahí reside el talento de estos señores que actualizan sus mansiones, y las abren al público para que quienes sólo las conocíamos de visita ocasional podamos vivirlas, gozarlas, sentirlas. Todo esto sin que nos tiemblen los bolsillos. Es más, mucho nos tememos que la explotación de los pazos como turismo rural no sea, precisamente, un negocio, aunque sí contribuya a su sostenimiento, algo importante para que no se pierda un patrimonio arquitectónico que, de otra manera, le ocurriría lo que a tantos y tantos castillos españoles, hoy poco más que leprosos fragmentos de muros antaño gallardos. Pasear, meditar, dialogar, leer. Y escuchar el canto de los pájaros, y el silencio que se impone y que, aunque parezca mentira, también «suena», claro que idealmente, en nuestra mente. Y además, en La Buzaca no molesta el que el cliente fume. Por el contrario, dice irónicamente su dueño que va a poner un cartel a la entrada que diga, claro que irónicamente, «obligado fumar». Quiere esto decir que el huésped tiene libertad, sin más limitaciones que las que imponen las buenas maneras que, como el valor en el ejército, se le suponen. Limpiar la mente de agobios bien vale buscar estos lugares, que «curan» mejor que cualquier fármaco.