Mario, pintor «naif»

| PABLOS |

VIGO

ENCANTO inefable, en su aparente desmaño y aun torpeza, tiene la pintura de Mario Rodríguez, nacido en Figueiró, al pie de la ermita de San Campio, en esa zona entreTui y A Guardia, donde los artistas se dan casi or generación espontánea, ya que de allí eran o son Oliveira, Pousa, Picallo, Antúnez, Alicia Alonso y tantos otros. Huérfano muy niño por la la violencia asesina de la guerra civil, olvidable pero no olvidada, Mario fue un trotamundos obligado que emigró a Argentina, donde conoció a Castelao, y después cocinero en Londres. Y siempre, con los pinceles en la mano. Expone desde 1977, siempre espaciada, meditadamente, y ahora lo hace en su medio natal, en la parroquia de Estás, donde un grupo de entusiastas vecinos, sin apenas ayuda alguna, han levantado un flamante centro cultural que es modelo de iniciativas y entusiasmo en sus actividades. El paisaje se hace pormenor primoroso, danza la naturaleza y los árboles son redondos, junto a arquitecturas de juguete, en tonos contrastantes donde abundan amarillos, rojos y verdes. El sabio y reflexivo Mario Rodríguez, cuya experiencia vital, huelga decirlo, es considerable, conserva su angelicidad infantil y pinta más con el recuerdo que con la referencia. Así, plasma esas imágenes de ensueño, de felicidad onírica a las que, sin embargo, no puede anularle por completo un cierto dramatismo implícito que le dan firmeza en su etereidad. Y es que los avatares de la vida conforman la mente, y la vida de Mario Rodríguez ha sido intensa, muy intensa en las ya siete décadas largas con que cuenta. Pueden las tierras ser carminosas, y los árboles azules, o amarillos. Puede y hasta debe el pintor inventar una realidad imposible y plasmarla, que al fin éso es lo que hacían el Bosco o el gran Chagall. Aquí, las vacas no vuelan, pero si las arquitecturas y la vegetación. Y el ambiente y las nubes. porque todo es puramente «naif», con un toque de lirismo que hace a esta pintura deliciosa, encantadora y muy estimable.