Reportaje | La afición de un marinero baionés Hoy es el último día para visitar en la Capitanía Marítima la colección de réplicas de barcos pesqueros en miniatura construidos artesanalmente por Manuel Castro Ratel
25 jul 2005 . Actualizado a las 07:00 h.Cuando a los ocho años de edad su padre le regaló un pequeño barco de madera para que jugara no sabía que iba a inculcar en él una afición para toda la vida. Manuel Castro Ratel tiene ahora 65 pero continúa divirtiéndose igual que cuando era niño construyendo a mano réplicas exactas de barcos pesqueros. Ya ha perdido la cuenta de los que ha creado con sus propias manos ayudadas por una navaja en todos estos años. «Un día me puse a contarlos con mi mujer y son centenares», afirma este hombre minucioso, a quien no se les escapa ningún detalle en su trabajo. «Yo creo que el secreto está en haber vivido en los barcos, que hayan sido tu casa durante muchos años, porque yo me he dedicado a la mar toda la vida, en toda las artes, y eso hace que los conozca muy bien», dice mientras sostiene una de sus creaciones, un sardinero, un barco de cerco, con redes y todo. «Este se va para Angola, y este otro para Suiza, todos los años viene una persona de ese país que colecciona mis barcos y me compra uno». Sus pequeñas obras de arte están repartidos por los cinco continentes porque la fama de este artesano de Baiona no conoce fronteras. Ayuda económica El primer barco de encargo lo hizo a los 30 años de edad y entonces se dio cuenta de que su gran afición podía ser un excelente complemento para la economía familiar. «Cuando se sucedían los días de mal tiempo había que hacer muchos números para llegar a fin de mes y entonces vender alguno de los barquitos nos sacaba de los apuros», afirma. En su casa del barrio de A Percibilleira pasa las horas entregado a su ocupación favorita. Crea los barcos uno a uno y tras la perfección que se observa en cada una de sus obras hay horas y horas de trabajo. «Normalmente, para hacer un barco grande, que no sea una gamela, tardo alrededor de dos meses, pero trabajando más de seis o siete horas al día, por eso lo que suelo pedir por ellos es de risa, no compensa todas las horas que he metido en ellos». Y es que todas y cada una de las piezas están echas a golpe de navaja. «No compro nada, todo lo hago yo mismo con madera que traigo del aserradero», reconoce. Vecinos y visitantes han podido admirar el trabajo de este hombre gracias a la exposición sobre los nombres del mar que hoy clausura el Instituto de Estudios Miñoranos en el edificio de la Capitanía Marítima.