CONTRASTES
20 may 2005 . Actualizado a las 07:00 h.JUNTO a la espléndida labor que en pro de la difusión de las artes plásticas están haciendo el Ayuntamiento y sus museos y las cajas de ahorros, sobre todo Caixanova, por su calidad y larga trayectoria, hay que agradecer la que realizan las galerías privadas, máxime cuando se dedican a recuperar artistas casi olvidados. Alpide, en su local de la Avenida de Castrelos, ofrece una exposición de Abelardo Bustamante, cubano nacido a finales del siglo XIX. Becado por el gobierno de su país, al finalizar el primer cuarto de la centuria siguiente vino a estudiar a España y tuvo la suerte de amistar con Eduardo Martínez Vázquez, el abulense maestro de tantos paisajistas españoles, y en Galicia recaló, para establecerse en Vigo y vivir y trabajar aquí hasta su fallecimiento, hace cuatro o cinco lustros. Era un personaje inconfundible. Cotidianamente podía vérsele en Samil, pintando la desembocadura del río Lagares o allí donde la naturaleza de agua y vegetación fuera sugerente. Impresionista, de mancha suelta y obsesionado por la luz, sus cuadros muestran soltura y personalidad. Y su figura sí que la refrendaba. Alto, erguido, con lacia melena plateada, la gafa bien cabalgada en su nariz enérgica, usaba chalina o pajarita, vestía un traje de pana lleno de bolsillos y calzaba botas con «leguis», como los primeros policías «grises» del franquismo. Vamos, que parecía un explorador británico de la época romántica, digno personaje del encuentro entre Stanley y Livingstone en Africa, noticia famosa en su día. Gozó de popularidad y sus exposiciones tuvieron siempre buena acogida, dentro y fuera del país. Alguna vez volvió a Cuba, mas retornaba siempre, porque Galicia se le había metido en el corazón, y sus ojos respiraban y suspiraban por los ambientes brumosos de las Rias Bajas, a los que añadía luminosidades más presentidas que existentes. La muestra de Abelardo Bustamante es una delicia y recupera a un pintor tan nuestro como los aquí nacidos, porque él eligió Galicia para vivir, amar y sentir hasta su fallecimiento.