El Celta en dibujos animados

La Voz

VIGO

M. MORALEJO

La Mirilla

10 may 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

Y para menos niños, también. Entre otros muchos enfrascamientos, anda Eugenio Álvarez en el de convertir en serie de dibujos animados la historia del equipo de sus entretelas, el Real Club Celta. Fotógrafo oficial de la casa celeste, dispone de kilos y kilos de material gráfico de los últimos 15 años. Ahora anda buceando en los orígenes. Quiere, como es habitual en él, fomentar el celtismo. Esta vez entre los más jóvenes, para que descubran (los que no lo hayan hecho ya) que tienen en Vigo un buen equipo, y que no necesitan mirar hacía otros puntos cardinales. Advierte también que su proycto no tendrá nada que ver con el del Barcelona. «Primero porque aquí los dibujos serán buenos y segundo porque se va a explicar toda la historia del club», asegura Eugenio, que pretende invertir en el proyecto 180.000 euros. Pues si piensa contarlo todo, supongo que empezará de cero. «Al principio fue la nada», podría ser el arranque de la serie. Luego fueron los ingleses. Porque las primeras patadas que se dieron en Vigo a un balón (con reglamento por medio) las dieron aquéllos. Fue allá por 1895. Se traían la lección aprendida, ya que para eso fue en su país dónde se inventó el fútbol. Por aquel final de siglo y principios del siguiente puede decirse que la escuadra inglesa tocaba el puerto vigués día sí y día también. Y en éste tenía su base desde 1873 el Cable Inglés, la primera sociedad de cableado submarino que existió en España, así es que nunca faltaba un equipo contra el que enfrentarse. Lo hacían en las inmediaciones del puerto. El juego caló enseguida entre los nativos, que no tardaron en imitar a los isleños. De hecho, los primeros jugadores locales empezaron haciéndolo en las filas de aquellos cuasi-militares equipos ingleses. Si la memoria de Gerardo González Martín no falla (que seguro que no), fue allá por 1905 cuando se fundaron los primeros equipos vigueses, el Fortuna y el Vigo. En ellos se curtieron, entre otros muchos, Moncho Gil, que llegó a ser internacional o Antonio Alonso Giménez-Cuenca (de la saga de los Alonso), que jugó en el Real Madrid. Eran los tiempos en los que, como contó más de una vez Manuel de Castro, tenían que hacerlo todo, incluso llevar las porterías (palos de goal los llamaban entonces) a hombros. Y por supuesto, pintar el campo. Porque lo único que había era una explanada aparente (entre la alameda y el mar) para dibujar un terreno de juego, pero nada más. Un denominador común tenían la mayoría de los practicantes de aquel novedoso juego, procedían de familias con posibles. Y no era tanto porque se necesitase una saneada cuenta corriente para comprar unas botas o unos bombachos, sino porque era obligatorio disponer de un lujo aún mayor, tiempo libre. No hay que olvidar que todavía no se habían inventado los fichajes, ni las primas, ni el resto de la parentela que rige ahora el fucionamiento de los clubes. Y en estas estaban cuando el Fortuna y el Vigo decidieron unir fuerzas. Su fusión, en 1923, supuso el nacimiento del Celta. Para entonces había crecido el número de aficionados y empezaba a barruntarse que estábamos ante un juego con futuro. Luego vendría la historia que ya casi todos conocen, con tobogán incluído (por las subidas y bajadas, digo). La cota más alta la alcanzó hace dos años cuando (ya era hora, que diría el Rey Juan Carlos), jugó la Liga de Campeones. La más baja mejor me la salto, sobre todo en este momento de euforia en que ya vuelve a tocar la Primera con la yema de los dedos. Amén.