ANTÍPODAS | O |
30 abr 2005 . Actualizado a las 07:00 h.EN UN instituto de Valladares, los alumnos representaron el otro día la situación de los niños de Mozambique. El tema era el derecho a la educación y los de Valladares eligieron la antigua colonia portuguesa como ejemplo de un país donde ese derecho se ejerce poco y mal. Ofrecieron datos sobre la mortalidad, la no escolarización y el trabajo de los niños mozambiqueños. Y, salvo por detalles que no pueden compararse, al leer aquellos datos me acordé de mis abuelos. De cuando eran niños mis abuelos. No creo que pisaran mucho la escuela. Algo sí, pues todos ellos sabían leer y escribir. Pero en la España de principios del siglo XX, la escolarización era muy deficiente y el analfabetismo, oceánico. Conste que ahora, pese a que sabe leer casi todo el mundo, no todo el mundo entiende lo que lee. Pero esa es otra historia. Mis abuelos trabajaron desde niños. El niño de familia humilde no tenía infancia. Debía colaborar en el sostenimiento de la familia. También la generación de mis padres trabajó a edades tempranas. Y la siguiente. En cuanto a mortalidad, rara era la familia en la que no se moría algún hijo. Esto no ocurría durante el reinado de Witiza, sino hace unas décadas. Anteayer. Puede que en Mozambique la situación, ahora, sea peor. Pero aquí las pasamos canutas. Costó mucho tiempo y esfuerzo conseguir la prosperidad actual. Ahora somos ricos. Pero, contra lo que suele divulgarse, no somos ricos porque los de Mozambique sean pobres. No hay una cantidad fija de riqueza que se reparte en el mundo. La riqueza se va haciendo. En África, las guerras y la corrupción han sido los grandes obstáculos al desarrollo. Los ricos pueden, si quieren, contribuir con limosnas, como se hizo siempre, aunque ahora se llame de otra forma. Pero más importante es permitir que comercien.