A LAS diecisiete cincuenta del día 19 de abril, la fumata blanca y el doblar de las campanas de la basílica de San Pedro anuncian al mundo que la Iglesia tiene un nuevo Papa. Pocos minutos después, en el balcón central del Vaticano, se da a conocer el Cardenal, Joseph Ratzinger, que llevará como sucesor de San Pedro el nombre de Benedicto XVI. Los interrogantes, tantas veces formulados, acerca del nombre, edad, país...del futuro Papa, pronto tuvieron cumplida respuesta. Mas no era esto lo que más preocupaba al Pueblo de Dios, sino el vacío que sentía al carecer, por unos días, del que es cabeza visible de la Iglesia y hace presente entre nosotros al que es nuestro Padre y Pastor, Cristo-Jesús. La muerte de Juan Pablo II, tan querido y admirado, nos dejó en triste orfandad. La elección del nuevo Papa llena este vacío y refuerza nuestra confianza en el Señor, que nunca abandona a su Iglesia. La Silla de Pedro no está vacía; la familia de los que formamos la Iglesia siente la presencia y cercanía del que nos preside en la caridad, fortalece nuestra esperanza, confirmándonos en la fe. Con gran alegría recibimos y damos la bienvenida al nuevo Papa, Benedicto XVI. Parafraseando a San Agustín, también podemos afirmar que el Papa «con nosotros es cristiano»; es discípulo y seguidor de Cristo y también miembro de la Iglesia. Él forma parte del Cuerpo de Cristo y de la gran familia de los hijos de Dios, dignidad que adquirimos por el sacramento del Bautismo. Él y nosotros formamos parte de la Iglesia fundada por Cristo-Jesús, de la que es su Cabeza visible, Padre y Pastor; de esa Iglesia a la que el mismo Señor envió su Espíritu, la conduce, le da unidad y fortaleza en las dificultades y persecuciones, y dirige sus pasos a través de la historia. Unos y otros formamos parte de esta Iglesia, que ha de llamar a las puertas de todos los pueblos, anunciar el misterio de la resurrección del Señor, leer las Escrituras santas, celebrar la Eucaristía y vivir el Mandamiento Nuevo. Colmada de santidad, soporta todos los días la debilidad de quienes hemos sido llamados a evangelizar: todos los que formamos esta Iglesia también somos frágiles y, más de una vez, el pecado nos envuelve. Los que hemos seguido de cerca la vida de los Papas del último siglo, somos conscientes de que todos brillaron por sus grandes virtudes. Dos de ellos ya figuran en los altares; y el juicio del Pueblo de Dios sobre la santidad de Juan Pablo II está bien afianzado en nuestra memoria y recuerdo. Mas los papas no están exentos de la tentación e inclinación al pecado, por eso hemos de ayudarles con nuestras oraciones a ser fieles al Señor. La liturgia nos pide que les encomendemos en todas las Eucaristías que celebremos. Sin dejar de «ser cristiano con nosotros» también es el Papa para nosotros, el Vicario de Cristo -Jesús en su Iglesia, de la que es cabeza visible y en ella hace presente al Buen Pastor. A él también se refería Cristo Jesús al decir a San Pedro: «... tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los cielos, y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos». En las orillas del lago de Genesaret dijo a Pedro, y en él también a su sucesor, «apacienta mis ovejas». El Señor ha conferido al Papa, en virtud de su función de Pastor y Vicario de Cristo, una responsabilidad especial en la Iglesia: la potestad plena, suprema y universal, que puede ejercer siempre con entera libertad. Potestad de enseñar, santificar y gobernar, recibida del Señor y siempre al servicio del hombre, mereciendo el título evangélico de «Siervo de los siervos de Dios». A esta responsabilidad especial del Papa sobre la Iglesia corresponden unas obligaciones a los que somos sus miembros. Ya no se trata tan sólo de tener presente al Papa en nuestras oraciones y recuerdo agradecido, sino también de escuchar y seguir sus enseñanza en materia de fe y costumbres, aceptar sus disposiciones y colaborar con los demás miembros de la Iglesia para que su ministerio sea fecundo. Sus enseñanzas ya no son las de un teólogo más o menos famoso, sino las de aquél de quienes dijo el Señor: «El que a vosotros oye, a mi me oye; y quien a vosotros escucha, a mí me escucha». A todos los que formáis esta Iglesia diocesana os invito a participar en las celebraciones de la Eucaristía que tendremos en la Concatedral de Vigo el próximo día 22, a las 8 de la tarde, y en la Catedral de Tui el día 24,a las 13 horas, para dar gracias a Dios por este gozoso acontecimiento de la elección del nuevo Papa. Que el Señor le conceda que su palabra y ejemplo sean luz que ilumine nuestro camino y fuerza que sostenga nuestros pasos hacia el Señor.