Del Vaticano a Vigo

ARMANDO G. FREIRÍA

VIGO

CUARTO OSCURO | O |

07 abr 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

KAROL Y JAVIER. Juan Pablo II, el Grande, y Javier, el hombre. Por el primero peregrinan a Roma millones de personas con su fe a cuestas, como antes Cristo con su cruz. Impresiona el poder de la Iglesia. Cómo, sino, explicar la imagen de los ex mandatarios Bush y Clinton, junto al actual Presidente Bush junior, arrodillados ante el catafalco papal. Nunca los poderes de Dios y el Hombre tan juntos. En comunión. ¿O no ? Quizás la oración reponga lo que las palabras enfrentaron por un quítame allá esta guerra de Irak. Miles de muertos también en su cruz. La penitencia alivia el remordimiento del alma pero no resucita a los muertos. Una gran mayoría le hubiésemos agradecido a Bush junior que, en esta cuestión, hubiese escuchado las palabras del Pastor de Pedro. En breve comenzará el Cónclave y los cardenales se encomiendan al Espíritu Santo para que les ilumine en la nominación de su candidato. Y me asalta la duda: ¿que pensarán del Espíritu Santo aquellos que yerren? ¿será que existen varios espíritus santos, y sólo uno verdadero? El Cónclave, así presentado, parece la casa de GH. Tras las nominaciones, sólo uno permanecerá en ella. El Vaticano, emocionalmente, me queda muy lejos y, puestos a peregrinar, prefiero patear las calles de Vigo, habitadas por gentes como Javier, con sus historias mundanas y sencillas que más que alimentarme ese espacio indeterminado que unos llaman alma, me inoculan aliento en mis sentidos, bocanadas que se aspiran para entender cómo y por qué nacimos. El caso es que, hace muchos años, sus ojos, al descuido, se encontraron con otros ojos, otras manos, otra boca, otro cuerpo y otras palabras que, en la confusión de las emociones que alborotan, entendieron por Javier lo que en realidad era Gabriel y él, por no desairar y contrariar lo que el amor confunde, calló. Así en la tierra como en el cielo, danos de hoy.... y ellos se dieron alegrías y tristezas, certezas y dudas, caminando juntos la vida, viviendo juntos el camino. Y siguen, décadas después, aunque él ya apenas recuerde que su nombre es Gabriel porque uno sólo responde al llamado de unos labios que te quieren.