Tócame el Piricoto

ARMANDO G. FREIRÍA

VIGO

CUARTO OSCURO | O |

17 mar 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

A LOS LATINOS nos gusta tocar y tocarnos. Razones históricas y culturales, así como la situación geográfica, con tantas horas de luz y sol proponen ocupar los espacios públicos y habitarlos. No sólo salimos a la calle, vivimos en ella. La habitamos en soledad o en grupo, en silencio o algarabía, para identificarnos, para reconocernos en lo común que nos iguala, para protestar y para solidarizarnos. Y lo hacemos en la cercanía de un parque, de una plaza, de una terraza, viendo la montaña, oliendo el mar que de todo hay en esta ciudad. Y sonreímos, nos damos la mano, unos besos, un abrazo. Luego cada uno sigue escribiendo páginas en su imaginario individual. Por eso el urbanismo es tan importante, define por igual al modelo de ciudad como al de sus habitantes, interrelacionándolos. Dime en qué ciudad y te diré como vives, vendría a ser. Vigo es una ciudad activa, dinámica e innovadora, pero también conflictiva, convulsa y contradictoria. Su urbanismo responde también a éstos parámetros si bien desconozco qué ha sido primero. Vivimos aprisa, construimos todavía más rápido y, lo que es peor, en gran número de ocasiones en una manifiesta ilegalidad urbanística que los Tribunales, perseverantes ellos, ponen de relieve ordenando, como en el caso del Piricoto, su derribo. La ilegalidad en la concesión de la licencia señala una relajada praxis de sus funciones al arquitecto responsable de la obra, al Colegio de Arquitectos, a la Comisión de Gobierno, a los técnicos municipales y al propio constructor. El resultado, además, es evidente, un monumento al feísmo. Las reiteradas sentencias judiciales ordenando su derribo han sido desoídas por el Concello, en una actitud que recuerda a la del ex alcalde Pacheco sintetizada en su frase «la justicia es un cachondeo» que, en este caso y pasada por la parquedad del norte, ha devenido en un «tócame el piricoto». Y nos lo han tocado, y bien tocado, a todos. Las sucesivas interposiciones de recursos para evitar o, cuando menos retrasar, el derribo, han acabado con la paciencia del TSXG que ordena la ejecución de una sentencia anterior del Tribunal Supremo para que el Concello proceda al derribo. Y, como no se fía, le conmina a que informe a la Sala del avance de las medidas para su cumplimiento. Es lo que tienen las conductas lesivas del derecho, que dan lugar a procesos judiciales, éstos a sentencias y, éstas pertinaces, son para cumplir. Claro que, en este caso, los autores de la conducta sentenciada son unos y, los «condenados a su pago», somos todos.