DESDE MI VENTANA
17 feb 2005 . Actualizado a las 06:00 h.CUANDO hace años el amigo de uno de mis hijos se trasladó a vivir a Ponteareas, aquello me pareció simplemente una anécdota aislada (no obstante su puesto de trabajo estaba en Vigo). Con el paso del tiempo este hecho ha dejado de ser una anécdota aislada para convertirse en algo que podíamos clasificar como habitual y así ya no me resulta en absoluto extraño que recientemente dos de los amigos de mi hija se hayan ido a plantar su nido a Cangas y a Moaña, o que los que hasta ahora eran mis vecinos hayan decidido igualmente trasladarse a la capital del Condado¿ Es indudable que este emigrar se ha visto favorecido con causas tales como el acortamiento de las distancias con las mejoras en las comunicaciones y la popularización, casi universalización, del automóvil (¡No quiero imaginarme el día en que el tránsito por el puente de Rande se torne gratuito¿!). Bueno, hay otra muy significativa razón de peso¿ ¡en euros!: los precios de la vivienda, aunque anden por las nubes en todos los sitios, en Vigo están mucho más arriba, rozando casi con las puntas de los dedos de las facturas las puertas del mismísimo cielo. En fin, que los ayuntamientos próximos a Vigo van engordando las cifras del censo y, además, van rejuveneciendo sus pirámides de edades, todo ello en detrimento manifiesto del ayuntamiento olívico. ¿A este ritmo será posible que, según se apunta en el Plan General, en el 2.022 estemos rozando ya la cifra de los 400.000 vecinos?. Mi consejero Don Máximo dice que no se lo cree. Y yo, poco más o menos, tampoco.