ANTÍPODAS | O |
15 ene 2005 . Actualizado a las 06:00 h.CUANDO se aclara y se oscurece, alternativamente, el destino del tren de velocidad alta, o como finalmente se llame, que deberá algún día llevarnos en pocas horas de Vigo a Madrid, releo un artículo de Julio Camba, escrito hacia 1931, y titulado «El tren de Villagarcía». Camba acababa de regresar de Nueva York, donde estaba cuando se proclamó la República, y en la estación de Villargacía esperaba el paso del tren de Santiago para venir a Vigo y de aquí, marchar a Madrid, donde se proponía, o eso dijo al desembarcar, solicitar un alto cargo. Que para eso sirven también los cambios políticos, para que se vayan unos y entren otros. El tren no llegaba a la hora y se oyó un ruido que a él le pareció más humano que mecánico. Parecía, dice, que se acercaba un asmático echando el bofe. Los que aguardaban en la estación vieron, por fin, el tren, que renqueante y quejoso subió a duras penas la última cuesta. A su llegada, un señor estalló en gritos. Creyeron algunos que protestaba por el estado comatoso del tren, pero no era el caso. Lo que le sublevaba era que el nombre de la locomotora, según figuraba en la placa, fuera el de Alfonso XIII. Tras dos meses de República, le parecía aquello intolerable. El periodista descubriría, ya instalado en Madrid, que había millares de republicanos con la misma mentalidad que aquel señor. Gentes que durante la Monarquía se habían creído partidarios de un cambio de régimen, pero que no habían sido nunca más que partidarios de un cambio de nombre del régimen. Hoy, viendo cómo circulan los trenes de la política española, se puede constatar que algunos grupos pretenden lo contrario: cambiar el régimen sin cambiarlo de nombre. Cortar las vigas del edificio constitucional sin que se note. Dejar la placa, pero cambiar la locomotora.