La Mirilla
10 ene 2005 . Actualizado a las 06:00 h.Es la temperatura a la que, a ratos, tuvo que enfrentarse Chus Lago en su última aventura, la ascensión al techo de la Antártida. Con un frío como el que la fotografía nos deja bien claro que hacía, una piensa que tienen que congelarse hasta las ideas. Pues no. Cuando, como le ocurre a Chus, el calor se lleva dentro, ya puede decir misa el termómetro. Al parecer, la experiencia fue tan enriquecedora que ya piensa en un próximo viaje al continente helado. El tiempo suficiente para reponerse físicamente y, lo que es casi tan importante, para reunir el puñado de euros que supone cualquier expedición. Ahora parece estar dispuesta a emular a Amundsen, el conquistador del Polo Sur, y a Shackelton, que también anduvo por aquellos pagos. Pues, como el de la petaca, podemos darlo por hecho. La alpinista viguesa aprovechó su estancia en la Antártida para poner a prueba sus dedos. Cuando en agosto del 2003 tuvo que pernoctar al raso durante su descenso del Pobeda sufrió congelaciones en manos y pies. El médico que atajó el problema a base de bisturí, por cierto un experto en medicina de montaña, le explicó que en el futuro ya nada sería igual. Que cada vez que el mercurio bajase un poco más de la cuenta en el termómetro, los dedos se le pondrían morados cual berenjena y le dolerían, fruto de la hipersensibilidad que suele quedar de por vida después de una experiencia así. Claro que el experto doctor José Ramón Morandeiras no contaba con la fortaleza física de la aventurera viguesa. Bueno, eso y que procuró no quitarse los dos pares de guantes para (casi) nada. Tanto y de tal calidad era el frío reinante en la cima del Vinson que, por primera vez en su vida, Chus Lago no pudo desplegar la bandera de Vigo como colofón a la gesta. Tomó la decisión después de echar cuentas (mentales, claro) y llegar a la conclusión de que abrir la cremallera del anorak (helado) y del primero de los tres forros polares que vestía con unos guantes completamente tiesos era una temeridad. Aventurera sí, pero suicida no. El caso es que no podía bajar de allí sin demostrar que lo había logrado. Es una mujer de palabra y otros colegas montañeros que, ante el biruje reinante, habían optado por quedarse al calor de la tienda, fijo que la creerían, pero Chus quería constancia gráfica. Y lo logró. En la barra metálica que corona el monte algún otro loco aventurero había colgado un pequeño peluche. Primero lo fotografió y luego lo descolgó. Ahora ocupa un sitio entre sus recuerdos de montaña.