ANTÍPODAS | O |
06 nov 2004 . Actualizado a las 06:00 h.HACÍA tiempo que no andaba yo por los aeropuertos y últimamente me ha tocado, pues si bien prefiero el tren, ya sabemos lo que tarda. Aquí el tren, como dijo la ministra de Fomento, que apunta a la celebridad por sus pintorescas cuando no estridentes declaraciones, va a la velocidad que puede. Y la que puede es poca. No se refería ella a los que salen de Vigo, quede claro. Pero aún así, también es cierto que los trenes de aquí van a la velocidad que pueden y de momento, es la que es, e incluso menos, si se piensa en el que conocemos como «el shangai», ese esforzado mamotreto que traquetrea de Vigo a Barcelona y ofrece, aunque no por las mismas razones que los cruceros, viajes inolvidables. Los aeropuertos han mejorado. Los grandes aeropuertos son pequeñas ciudades en hora punta. Hombres y mujeres pululan por ellos, agitados, unos, cansados, otros, enfrascados en sus portátiles, tal vez jugando a los marcianitos, los de más allá. Los aeropuertos ofrecen zonas de descanso, de refrigerio, de compras, que no sólo aprovechan los viajeros. En Barajas hay un par de gorriones que han hecho su hogar en una cafetería. Los aeropuertos se han vuelto hogareños. Dentro de lo que cabe. Siendo ello de agradecer, sin embargo, lo importante, que es el tiempo, motivo por el que uno va en avión y no en calesa, no parece asentarse entre las prioridades de quienes gestionan la cosa aérea. Abundan los retrasos y casi nunca sabe uno a qué hora va a llegar. Ya sé que no estamos en Suiza, y no estoy segura siquiera de que los maestros del reloj no cometan pecados de impuntualidad. Pero, en cualquier caso, además de dinero para ampliar instalaciones, falta algo más para que el tráfico aéreo deje de ser como el que padecemos en la ciudad.