Identidades sin rostro

| ARMANDO G. FREIRÍA |

VIGO

CUARTO OSCURO

05 nov 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

SI LA CARA es el espejo del alma, dicen, las mujeres que habitan remotas zonas de Arabia Saudí la guardan bajo el burka. El alma y la cara. No se sabe, por tanto, como son la una y la otra, ni si se parecen, se aceptan o repelen. A las niñas de algunas tribus, cuando que nacen, se les da un abrazo, un beso y un burka. No sabemos si los abrazos y besos continúan a lo largo de sus vidas, pero el burka les acompaña hasta que mueren. Fue el caso de un marido que no pudo reconocer el cuerpo de su mujer en el depósito porque nunca le había visto la cara. Así que no sabe si enterró a su esposa o a una vecina. Claro que tampoco puede estar seguro de reconocer a su esposa entre las vivas. Si se sigue ocultando bajo burka distinto, malo, si modifica su costumbre y descubre el rostro, peor. Le será una cara desconocida. Para sus maridos e hijos, son figuras sin rostro. Con las que se conversa, se comparte, se ríe, se llora, se vive en fin. Todo posible. Menos verlas. Por eso, para los demás, estas palabras de mujer no nacen de sus bocas. Ni sus sonrisas de los labios. Y tampoco las lágrimas brotan de sus ojos. Todo tiene su origen dentro del burka. Después de años es bien probable que uno se acostumbre y llegue al erróneo convencimiento de creer que, sobre los hombros, no hay más que un burka. Pero igual que la costumbre, la curiosidad es poderosa y uno de estos maridos logró levantarle el velo a su mujer después de cuarenta años de matrimonio. Tal vez no tanto para ver la cara de su esposa como para asegurarse de que no se había casado con un burka. Sin la distracción del rostro, el velo socializa el aspecto femenino y hace innecesarios los departamentos de selección de personal de los grandes almacenes y casting varios o puede que, tras el velo, les resulte más fácil alegar jaqueca para evitar la inoportuna apetencia masculina. Lamento el cinismo pero es que las propias jóvenes de estas tribus amenazan con abandonar sus casas si sus maridos osan verles la cara. Alo que se ve, el burka oscurece algo más que el rostro.