Reportaje | Por la ruta de la fortuna El azar es inasequible al desaliento. Quien se abraza a la suerte no desespera en el fracaso e insiste hasta vaciar una bolsa que engorda las máquinas de la ciudad que más juega de Galicia
16 oct 2004 . Actualizado a las 07:00 h.«La tengo caliente. La siguiente es la mía». No es frase de mujeriego, sino de jugador empedernido. Su autor es un joven de 24 años llamado Raúl, un currante que entre caña y caña de cerveza trata de ganarle intereses a su sueldo de carpintero. Lo hace con fe de obispo, con una extraña confianza que hace que lleve diez minutos alimentando sin rubor la tragaperras del bar en el que cada mediodía se zampa un bocata. «Hoy la tortilla me sale gratis, que ya le he sacado quince euros», apunta satisfecho, haciendo señas a unos compañeros a los que se muestra dispuesto a invitar. La fortuna le ha contagiado la sonrisa, aunque interpelado por el cronista confiesa que no siempre gana. «Hay días que pierdo diez euros. Si paso de ahí lo dejo. No soy como esos viciosos de los bingos, que se dejan cientos de euros a la semana», remata ufano Raúl, uno de los jugadores que hacen posible que las casi 2.000 tragaperras de la ciudad se coman al año cerca de 58 millones de euros. Insiste en que no juega al bingo ni visita los casinos, pero también le pega a la Primitiva, la Quiniela y el cupón. «Hay que salir de pobre de algún modo», cuenta a su lado un compañero de trabajo y adicción. De «binguero» De un modo bien distinto piensan dos manzanas más abajo, cerca de Rosalía de Castro, dos bingueros casi profesionales. No juegan para hacerse ricos, dicen, sino para pasar el rato. Y vaya si lo pasan. Para empezar, cada día afrontan sin agobios la rutina de entrada al bingo, más engorrosa que el detector de metales del aeropuerto de Peinador. Primero, el DNI. Después, por ser novato en esto de darle caña al bingo, una serie de informaciones preliminares sobre los usos y disciplinas de ese exclusivo club que es el de los bingueros. Pasada la criba, llega el momento de disfrutar del espectáculo, que para quien no está familiarizado con el ambiente resulta harto impactante: en una sala decorada con gusto de cabaretero se debaten con su azar decenas de personas, que dan vida al híbrido entre centro social y cueva de tahúres que es el bingo. En una de las mesas, cuatro señoras más cercanas a los 80 años que a los 70 le sacan partido a su concentración, en un juego en el que los numeritos no son más que frustraciones o alegrías que pasan a velocidad de vértigo, a un ritmo sólo apto para oídos entrenados. No admiten interrupciones, enarcando una ceja como amenaza al inoportuno reportero. Pasa la ronda y palman el cartón. Pero se apuntan al siguiente. Una de ellas acepta dejar el juego de lado para explicar su afición al bingo. Dice llamarse Rosario y confiesa visitar las salas de Vigo tres veces por semana. «Me entretiene mucho, y a veces ganó dinero, aunque no es lo habitual», reconoce, antes de mostrar una gastada estampita que hace las veces de amuleto. «No sé porque la traigo, porque la verdad es que mucha suerte no me da. Siempre gana ella», sentencia, señalando a una de sus atareadas amigas, que ni siquiera levanta la mirada para asentir. No es para menos. El bingo no espera a nadie. Aunque sí que da segundas oportunidades, porque el festival de números no ofrece tregua. Y quizá la próxima ronda sea la mía...