CONTRASTES
12 ago 2004 . Actualizado a las 07:00 h.CON independencia de su categoría plástica, pocos son hoy los artistas gallegos que gozan hoy de renombre internacional. Y entre esos pocos, acaso el más conocido sea Jorge Castillo, una carrera fulminante en varios continentes, con algunos altibajos debidos mucho más a conveniencias de políticas de grandes galerías que al nivel que el artista ha dado siempre a su obra. Nacido en Pontevedra, en 1933, y emigrante muy niño en Argentina, Castillo comienza a descacar siendo joven y consigue fama internacional con su serie de murales sobre Palomares, en torno al incidente de la bomba perdida por Norteamérica en el Mediterráneo cuando Fraga era ministro franquista de Información y protagonizó el inefable espectáculo del baño en aquellas aguas tal vez contaminadas. Después, todo en su tarea ha sido éxito: pintura, grabado, dibujo, diseño, decorado. En la Casa das Artes se exhibe un amplio lote de su obra reciente, con evoluciones de sobriedad y recreo en sus excepcionales dotes de dibujante creativo, mucho más que innovaciones, pues su personalidad se acusa en cada trazo de su mano, algo en que podemos recrearnos en esta muestra con el documental que se proyecta, donde se le ve dibujar pensando, dudando, inventando, corrigiendo, hasta la vibración anímica más emotiva. Permanece su raíz onírica, aunque ha abandonado el mundo de las evocaciones infantiles para ir a un recreo del clasicismo y el barroco, con paleta casi monocroma en tierras y sepias o sólo en blanco y negro. Mas acaece en Castillo, como en Leonardo da Vinci, que el dibujo es obra acabada, prodigiosa, conmovedora. Un misterio inefable envuelve a sus criaturas imaginarias, un tanto borgianas, más de elucubración que de pesadilla, pues el surrealismo de Castillo no es convulso, sino lírico, evocador, sugerente de una intemporalidad que contribuye a su magia de artista excepcional, admirable en cada trazo o mancha. Una exposición que es casi obligado contemplar, y más de una vez, por su gran calidad.