OLLADAS | O |
24 jul 2004 . Actualizado a las 07:00 h.LA noche amenazó con nubarrones muy negros. Nada tan nuestro como el agua y, sin embargo, la lluvia no hubiera sido oportuna. Era una noche de vientos. Polvo muy revuelto sobre las gradas de piedra y trasiego incesante. Sumábamos varios miles cuando sonaron los primeros tiempos. Comenzó entonces un aquelarre de arte y hermanamiento. Los sonidos de la flauta no son efímeros. Surgen y quedan suspensos. Luego viajan por el aire, se alejan, pero nunca desaparecen. Carlos Nuñez empezó a tocar y se produjo el efecto: de los árboles surgieron los ecos de otras músicas y tiempos, de otras culturas y pueblos donde también hubo gaitas, aguaceros y caminantes. Y la noche en Castrelos se hizo mágica. Tal vez por eso el público comprendió sin esfuerzo el inglés de Pady Molonney. Tal vez por eso los Chieftains tocaron el cielo e Irlanda fue por dos horas una región de Galicia. Y desde Escocia llegaron influjos de profundos lagos negros. Sonidos celtas con ritmos de nuestro tiempo. Mucho arte, ganas de sentir oyendo y de vivir el momento. De la gaita salió un fragmento del Concierto de Aranjuez y sonó soberbio. De la flauta un Mar adentro muy profundo, ecos de acordeón con algún ritmo tanguero y mucha percusión maestra para levantar los cuerpos. Hubo un momento en que se iluminó el cielo y la magia de los fuegos de Bouzas se sumó a la de Castrelos. Era casi media noche, el cielo seguía cubierto y sonó Amanecer. Y los que allí estuvimos pudimos contemplar el fenómeno atmosférico de ver el sol salir en plena noche, un sol supuesto e irrepetible que lucirá en el recuerdo.