Saiáns está más lejos que Ferrol

Alberto Magro VIGO

VIGO

Reportaje | La indignación de los pasajeros Los usuarios de las líneas de bus se mostraron ayer menos comprensivos que el lunes y protestaron de forma airada por los retrasos de más de dos horas que aislaron al extrarradio

08 jul 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

Algo falla cuando se tarda menos en recorrer doscientos kilómetros que doce. Y eso es precisamente lo que pasó ayer en Vigo, y no por un extraño efecto de la Ley de la Relatividad enunciada por Einstein, sino por una huelga de autobuses que enseñó a miles de vigueses una dura noción de física básica: a menos velocidad y más espera, mayor es la demora, el enfado y el grosor de los insultos que se dirigen al inventor de la huelga y los servicios mínimos. Esta ecuación, formulada y aplicada mil y una veces por quienes esperaron hasta dos horas para coger su autobús, se convirtió en tortura para los sufridos pasajeros que se dirigían a las parroquias más alejadas. Porque ayer los servicios mínimos y la huelga consiguieron que se tardase menos en recorrer los doscientos kilómetros que separan Vigo de Ferrol, que los apenas doce que hay que salvar entre el ilustre Sireno y zonas como Candeán, Zamans, Valladares o Saiáns. La Voz volvió a ser testigo de los efectos de un paro que no perdona a nadie. Quienes viajan en autobús sufren esperas que minan la paciencia del karma más equilibrado, mientras que los que se decantan por sacar el coche del garaje para esquivar la huelga se topan con una ciudad más trabada que nunca. No es para menos: según cálculos de Vitrasa, por cada bús que deja de circular sesenta turismos se unen a ese colapso múltiple que es el tráfico vigués. Caminatas kilométricas Y en semejante caos, sólo la climatología se alió con los vigueses. Ni pegaba el sol infernal de lunes, ni caía la tromba de agua que predijeron los meteorólogos. Por eso hubo quien se animó a caminar kilómetros para cubrir trayectos como el que separa plaza América de Príncipe. Otros clientes del bus ni siquiera tuvieron esta opción, porque para un corazón mortal no es saludable quemar zapato entre Vigo y Canido, sin ir más lejos. Los vecinos del extrarradio vivieron así el suplició del lunes, pero con menos paciencia. «Es un insulto. El otro día tardé dos horas en llegar a Saiáns, pero es que hoy llevo ya hora y media esperando. ¿Si no funcionaron los servicios mínimos el lunes, porque narices no lo corrigieron para hoy [por ayer]?», clamaba una joven que esperaba cargada de bolsas por el autobús que debía llevarla a su parroquia. Como ella cientos de vigueses practicaron la postura del día, esa consistente en girar sobre uno mismo hasta que la serenidad se agota y el aspirante a pasajero alarga su cuello buscando al final de la calle el deseado bus verde. Gesto inútil, porque ayer los retrasos alcanzaron las dos horas y cuarto. Y en un mar tan revuelto quienes más pescaron fueron los taxistas que, cual tiburón a la hora de la merienda, acechaban en las paradas a la espera de que otro usuario se rindiese a la evidencia. «Estamos trabajando más que un sábado. Pero no hay derecho. La gente de las afueras pasa horas de espera y al final por falta de información tiene que coger un taxi», comentaba un atinado taxista argentino, que quizá ya sabía que las líneas de teléfono de Vitrasa estuvieron colapsadas todo el el día. Se demostró así que no sólo Saiáns está más lejos que Ferrol, sino que Vigo a veces está demasiado cerca del tercer mundo.