Marcas

MANUEL MARTÍN ALGARRA

VIGO

CUM LAUDE | O |

09 mar 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

PRIMERO FUERON los ciclistas; luego los boxeadores y los jugadores de balonmano; y ahora hasta los futbolistas: todos llevan publicidad hasta el sitio donde la espalda pierde su digno nombre. Nos ocurre lo que en aquel el pueblo en el que había tantos guardias civiles que se decía: "si vas por la calle y no hay un guardia civil delante o detrás de ti es que tú mismo eres guardia civil". Pues con las marcas pasa lo mismo: no hay manera de librarse de ellas. Mires a donde mires, vayas a donde vayas, hagas lo que hagas, siempre tienes un anuncio delante. Y si no lo tienes, tú eres el anuncio. En ocasiones puede resultar hasta ridículo: calzado, pantalones, camisas, jerseys, sudaderas, abrigos, cazadoras, gorros, gafas, bolsos, mochilas... ¡todo! Parecemos la valla de un solar urbano en obras en la que todo el mundo pega su anuncio. La diferencia está en que encima pagamos por ello. Los deportistas o los famosos, al menos, cobran. En fin, viva la libertad. Está muy bien que cada uno vaya como le parezca. Pero no deja de hacerme pensar que los ya viejos pero aún vigentes eslóganes "sé tú mismo", "viste como quieras", etc. tengan como resultado que todo el mundo -ellos y ellas, menores y mayores, ricos y pobres- tenga aproximadamente la misma pinta. Parece que esos eslóganes, más que una llamada a esa ilusionante forma de libertad que es la rebeldía, hayan producido más de lo mismo: uniformidad, uniformidad, uniformidad. Y encima pagando: porque está claro que el "viste como quieras" no nos sale gratis. Cada marca, logotipo o cualquier forma de identidad en nuestro aparejo cotidiano incrementa sensiblemente su precio y no necesariamente su calidad. Además, no deja de ser paradójico, este modo de "ser uno mismo", en muchas ocasiones, no es en absoluto una manifestación de independencia o rebeldía, sino de todo lo contrario: de ese gregarismo inmaduro que nos lleva a sentirnos miembros de la tribu. Tampoco esto me parece mal. La uniformidad no siempre es peor y en muchos casos es necesaria. Sí sería mala cosa que esa "variedad de los logotipos" fuera manifestación de uniformidad en las ideas: si compro lo que todos compran, visto como todos visten, leo lo que todos leen, voy a donde todos van, hablo de lo que todos hablan... ¿no será que pienso como todos piensan? Y esa falta de pluralidad ¿no resulta inquietante?; ¿no podría reflejar falta de reflexión, falta de cerebro? No digo que sea así, pero, quede dicho por si acaso la publicidad le ha comido el coco a alguien. Que lo piense, y después, decida la marca que va a llevar. O el precio que está dispuesto a pagar por no llevarla. Manuel Martín Algarra es catedrático de Teoría de la Comunicación en la Universidad de Vigo.