Reportaje El titular de las infraestructuras deja un sabor agridulce con nefastas relaciones personales y muchas obras y promesas
22 ene 2004 . Actualizado a las 06:00 h.Cal y arena de Cascos en Vigo. El titular de Fomento, retirado de la política según muchos después de confirmar que Rajoy jamás contaría con él para su futuro gabinete, dejó en esta ciudad su rastro más genuino. Los vigueses conocieron de primera mano la fama de intratable que el asturiano maduró en dos décadas. Y fueron también testigos de la drástica resolución que el eterno ministro de Aznar le aplica a la mayoría de sus acciones. El doberman del PP, como lo definieron los socialistas, plantó a los dos últimos alcaldes vigueses cuantas veces intentaron franquear la puerta de su despacho, un umbral que sólo cruzaron los concejales del PP, con quienes el ministro de Fomento no dudó en posar para inmortalizar su «gesto. Cascos despreció a Castrillo, a quien definía entre los suyos como el alcalde indeciso. Al nacionalista le hizo sudar tinta china para modificar el proyecto de reforma de la Travesía de Vigo. Fue toda una prueba de lo duro que sería para un municipio «no popular» llegar a acuerdos con el Fomento de Cascos. Y así nacieron cada uno de sus proyectos: todos ellos paridos con fórceps. Cuatro años para definir el trazado de la segunda circunvalación y, tras la rúbrica, la intransigencia más firme para tocar lo acordado. Con el asturiano sentado al frente de la cartera de obras públicas será imposible variar el proyecto para construir un túnel en Valladares. Tampoco perdió excesivo tiempo Cascos con el peaje de Rande, pese a que el propio Rajoy llegó a definirse partidario de su progresiva desaparición. Al asturiano se le vio la campanilla al final de su garganta cuando le espetó un «¡Ni hablaaar!» a un par de osados diputados que le sugirieron al ministro un cambio de actitud. Su cara y su cruz derraman decenas de aristas en Vigo. Cara en el puerto, donde Fomento se despachó a gusto con la lonja de grandes peces, el muelle de transbordadores de Bouzas o el puerto seco, además de reirse de la «torpeza» de Vigo con el proyecto del Areal. Y cruz en el aeropuerto, donde la ralentización del plan director sigue rozando el escándalo. Cal en la inauguración del último tramo de la autopista gallega. Y arena en la autovía a O Porriño, donde al asturiano le hizo falta una campaña electoral para prometer una nueva carretera que ponga fin al rosario de accidentes que adorna el tramo más peligroso de Galicia. Cascos ha sido el ministro que dejó en vías de solución la desastrosa conexión entre la A-9 y la A-52 en Puxeiros, y el gobernante que garantizó al final un AVE Vigo-Ourense por Cerdedo, pero hicieron falta mil y un enchufes para que el que un día fuera el número dos de Aznar entendiera la importancia de estas dos obras. Nunca olvidó el papel de látigo del PSOE que ejerciera a expuertas en su primera etapa en Madrid. Quizás por ello jamás entendió que una propuesta viguesa avalada por nacionalistas o socialistas podría merecer la pena, porque su tamiz exigía también la aprobación del PP. Por eso se entendió bien con el alcalde de A Coruña, un vrdadero especialista en consensos. Lástima que esa manía le hiciese perder tanto tiempo a este Vigo apremiado por las prisas.