Vigo, verano de 1936

M. Soliña Barreiro Glez. VIGO

VIGO

El día 23 de julio cayó la última barricada en Lavadores El alcalde confió en la fidelidad del ejército y no se repartieron armas a los ciudadanos

23 ago 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

?as radios daban noticias confusas el sábado 18 de julio. El ejército se había sublevado en África. El día 19 los trabajadores se reunieron en la Casa del Pueblo para convocar una huelga general de rechazo y los militares aseguraron al Ayuntamiento su fidelidad a la República. Pero al día siguiente el capitán Carreró salió a la calle se dirigía a la Puerta del Sol con un grupo de soldados a leer la declaración de guerra. Al llegar a la Puerta del Sol, Carreró trataba de leer el bando pero un conocido suyo republicano, Diego Lence, quiso impedirlo y fue así el primer muerto vigués de la Guerra Civil. Los soldados comenzaron a disparar sobre la multitud inerme que huía desesperada, 15 personas fueron asesinadas. Esa misma tarde detuvieron a la corporación municipal. A las Barricadas Comenzaron a erguirse las barricadas el mismo día 20 para defender al Gobierno legítimamente constituído. La primera se ubicaba en Choróns, la segunda en O Calvario y la tercera en Seixo. Todas ellas en Lavadores, zona conocida como «a Rusia pequecha» por la alta sindicación de sus habitantes. Pero el pueblo no tenía armas, la detención de la corporación se había producido antes de que esa decisión fuera adoptada y a los republicanos no les quedó más remedio que tratar de requisarlas, solo consiguieron algunas viejas escopetas. Las barricadas fueron retrocediendo hasta que el día 23 acabaron los días republicanos de Vigo. Estanislao Núñez, un industrial propietario de una fábrica de estampado de latas, murió esos días a manos de los republicanos por haberles disparado desde su balcón. A partir de ese momento comenzaron los fusilamientos, los paseos y las detenciones. El primer fusilado fue Manuel del Río, un comunista presidente del sindicato tranviario. Tras éste llegaron los asesinatos de varios miembros de la corporación municipal, diputados en cortes y dirigentes políticos. La Iglesia española apoyó a los nacionales desde el primer día, hasta el último. Hoy es la única iglesia europea que no ha pedido perdón por haber apoyado a una dictadura, a una de las más sangrientas de Europa porque por cada muerto político de Mussolini hay mil de Franco. Y eso se refleja en los testimonios de las víctimas: «Yo tenía un familiar fraile que le dijo a mi madre 'nos pusimos a una empresa y tenemos que llegar hasta el fin, hacernos temer, mata a un enemigo y amedrentarás a diez. Mi madre vio también cómo se portaban las monjas con los presas y vino desesperada», recuerda Dolores Rodal. Represalias A partir de la victoria de los nacionales, comenzó la destitución de los maestros, el rechazo de familias con presos políticos y la expulsión de los anteriores funcionarios públicos. Los asesinatos no cesaron y el miedo se hizo con la ciudad durante más de cuarenta años. «Un día tú ya libre/ de la mentira de ellos, / me buscarán entonces, / ¿qué ha de decir un muerto?», dejó escrito Luis Cernuda.