Cuatro mil colillas

VIGO

EL SÓTANO | O |

18 ago 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

NO SIEMPRE la mierda que florece a nuestro alrededor llega en un barco de nombre desafortunado. Sería demasiado fácil buscar culpables al deterioro medioambiental que padecemos. En muchas ocasiones, casi siempre, nosotros mismos somos los culpables de emporcar mucho más el monte, las playas o las calles por donde habitualmente nos movemos. Las cuatro mil colillas que desenterraron los voluntarios de Erva el pasado sábado en A Fontaíña, son un claro ejemplo del desprecio que ofrecemos a la naturaleza. Algo tan pequeño como una colilla, a quién puede importar. Pero no es cuestión de cantidad o de dimensiones, quien entierra una colilla en la playa, también vacía el cenicero de su automóvil en plena calle, o en una esquina, para que nadie le vea, o lanza un papel a la calle sin mayor preocupación. Mientras no seamos conscientes de que somos los habitantes del planeta que peor lo tratamos, no habrá solución. Claro que siempre nos indignará que se derramen miles de toneladas de petróleo en nuestras costas, o que las grandes empresas contaminen la atmósfera sin trabas de ningún tipo. Sin embargo, el control medioambiental debe empezar en la base, en los cotidianos gestos que todos hacemos. Si esto no ocurre, ¿qué diferencia habrá entre la actitud de unos y de otros? ¿La cantidad? ¿Las dimensiones? ¿A partir de qué cantidad uno puede ser considerado un agente contaminante? Dicen los que recogieron las colillas el pasado fin de semana que en la parte donde se sitúan los nudistas hay más limpieza. Seguro que es una casualidad, pero es una casualidad a imitar por todos.