La cláusula secreta

La Voz

VIGO

Cuentos Municipales

28 jun 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

RÓLOGO. , relator de los Cuentos Municipales, es una víctima más de estos tiempos que « no son buenos para la lírica» y ahora, en lugar de cantar odas al mar de Vigo, trabaja en Citroën en el turno de noche. Durante el día, como si fuera un funcionario municipal, pasa muchas horas en la cafetería Queta Hilton, del Concello, y lo que allí vive y conoce lo recrea luego para su tataranieto « Cachamuíña» , que como no hay franceses con los que pelear -¡estaría bueno, enzarzarnos a mamporros con los que nos dan de comer!-, cobra a domicilio los recibos de La Fe. Le hace enfermar la proliferación de esquelas, no tiene claro si por amor al prójimo o porque se le mueren los clientes, como dicen los sociólogos que le pasa al PP. , que a veces se pasa de charlatán, ya ha contado en la cafetería del Concello su vuelta a la creatividad. Y La Madrina , hoy por hoy la mujer más poderosa de la Casa Consistorial, al corriente de sus propósitos, le ha espetado: -¿Ha dicho usted, Martín , que va a hacer "Cuentos municipales" o "Cuentas municipales? Porque si son Cuentas, yo tendré que salir muchísimo, porque todas pasan por mí. Martín Códax está seguro de que esta señora, a la que todo el que llega al Concello asegura que « va a poner en su sitio» -¿Pero acaso está fuera de sitio ?, se pregunta él-, esta buena mujer va a tener que aparecer bastante en los cuentos. Con marcas y bastón El primer baño de masas de El Principito Valiente le ha dejado satisfecho. Había más gente que en los mítines, y además no estaba Pepe Blanco, que ahora, según están las cosas por Madrid, no es un compañero de viaje aconsejable. Ante tanto gentío, El Principito Valiente ha preguntado a un miembro del comité de empresa. -¿Cuánto personal trabajen esta casa? -Aproximadamente la mitad, Sr. Alcalde. Con paso rápido ha acudido a su despacho, esta vez, ¡la primera vez! en solitario. Está deseoso de conocer el legado de su antecesor, los papeles claves para gobernar que estarán esparcidos por cajones. Aunque, hombre conocedor de los grandes entresijos del Estado, El Príncipito Valiente recuerda el caso de aquel Presidente del Gobierno que, hurgando en las mesas del primer despacho de La Moncloa, cuando creía que iba a hallar las claves, los grandes secretos del Estado, se encontró con la sorpresa de que no existía ni un solo papel. -¡Mira que si me pasa algo parecido! Hurga que hurgarás, los cajones de la Alcaldía, uno tras otro, aparecen vacíos. Al fin, en el último, localiza un paquete. Lo desenvuelve rápidamente, con un nudo en la garganta y como si le hubieran metido el corazón en un puño. Cuando descubre el contenido del paquete se desploma, afortunadamente sobre el sillón de amplio respaldo. -¡Dios, las maracas! Ha sido tentado: Una vez, al menos una, se ha dirigido al teléfono para llamar a El de la Triste Figura y que le hiciera una exhibición con las maracas allí mismo. -¡No, Principito , no! Has prometido solemnemente que le vas a dedicar veinticuatro horas cada día a la ciudad, y no vas a fallar de entrada. No hay tiempo para darle gusto al cuerpo -dice para sí. De todos modos no ha podido evitar que la duda se hiciera carne de su carne. «¿ Y qué tal las tocará ahora ?» Como si al pensar en él su inmenso poder le hubiera convocado, ha sonado el teléfono, y el susodicho ha hablado. -Invoco la cláusula primera entre las secretas del pacto. ¿Puede ser en este momento, Principito ? -Puede ser -ha respondido él con desgana, al tiempo que pensaba para sí que pronto empiezan los socios a reclamar los derechos que sólo él conoce. En un instante ha aparecido en su despacho El de la Triste Figura , con un elegante traje. El Principito Valiente , para entonces, ya ha sacado del arcón el bastón de mando, y lo ha depositado en manos del visitante. Durante largo rato, El de la Triste Figura ha paseado con el bastón por las cuatro esquinas del despacho: para empezar, con la vara de regidor a la altura de su cintura, luego haciendo con ella esos juegos malabares que sólo son capaces de hacer las majorettes , después se ha colocado el bastón en la nariz, cual malabarista, y ha hecho la exhibición de caminar así un buen trecho... -Estas habilidades se consiguen con experiencia, mi respetado Principito Valiente -ha dicho, sin soltar el bastón, al tiempo que lo utilizaba como las brujas las escobas, aunque sin volar-. En cuatro años se aprende mucho, muchísimo. -Por esa regla de tres -ha respondido ágil el Principito- , si quiero saber más que tú de esto, voy a tener que recurrir a O Compañeiro , que en doce años seguro que hasta ha aprendido a hacer empanadas de xoubas con el bastón. Después de media hora de exhibición, El de la Triste Figura ha salido ufano, erguida la cabeza, por la puerta que tantas veces atravesó en su plenitud. Ahora, cuando menos, con cláusulas secretas o sin ellas, tiene que pedir permiso. «El Principito Valiente» no encontró otro legado de su antecesor que unas maracas guardadas en un cajón «El de la Triste Figura» se pavoneó largo rato en su antiguo despacho, paseando con el bastón de mando