En la farmacia Borrajo sigue incrustada una bala que fue disparada un aciago 18 de julio
31 may 2003 . Actualizado a las 07:00 h.El 20 de julio de 1936, Vigo sintió la crudeza de la guerra tras cerca de un siglo sin sufrir sobresalto bélico alguno. Dos días después de la sublevación militar contra el gobierno republicano, la Puerta del Sol vivió un intenso tiroteo originado por los militares de la guarnición local que apoyaron el golpe de estado. Varias personas murieron sin comprender muy bien qué estaba pasando. El caso fue que un grupo de soldados, mandados por el Capitán Carreró, que posteriormente dio nombre a la plaza durante el franquismo, abrió fuego contra los manifestantes que les pedían su apoyo a la legalidad vigente. Una de aquellas balas se introdujo caprichosamente en la Farmacia Borrajo, ubicada en la esquina con la calle Carral. En la mano Sesenta y siete años después, el proyectil continúa incrustado en la madera del retablo que separa la rebotica de la entrada. El actual propietario, Bernardo Borrajo Jaquotot, tiene 34 años pero conoce la historia porque se la contó su abuelo, Bernardo Borrajo Iglesias. «Él, aquel día estaba de guardia», afirma el joven. La bala se introdujo en la farmacia por una de las ventanas que dan a la calle Carral. «Atravesó la ventana, el retablo y se incrustó en la mano de una de las estatuas del retablo», señala el farmacéutico. «Era un hombre muy tranquilo», añade su madre para suponer cuál fue la reacción de Bernardo Borrajo Iglesias, que se encontraba acompañado por un mancebo en el momento del tiroteo. La farmacia se había inaugurado un martes de Carnaval del año 1932 pero el espléndido retablo, donde se halla alojada la histórica bala, no fue acabado hasta un año más tarde. «Aún tenemos la factura, costó 9.977 pesetas de las de entonces, todo un dineral para aquella época», añade la señora Jaquotot. El retablo presenta dos figuras esculpidas en madera a ambos lados de la entrada a la rebotica y fue realizado por seis personas a la órdenes de Saturnino García, según consta en la amarillenta factura que aún conserva la familia Borrajo. Dentro de unos días, el retablo afrontará su primera restauración. Será desmontado para curar las heridas del tiempo, aunque la bala que lo ha hecho famoso seguirá en el mismo sitio que el destino le buscó. «Arreglaremos el hueco que dejó en la madera por la parte trasera, pero no tengo la intención de arrancar la bala», explica Bernardo Borrajo. Durante una temporada, uno de los pocos vestigios material que quedan de la contienda civil en la ciudad, abandonará su lugar para recuperar su esplendor original. Después, con la excusa de comprar unas aspirinas, podremos volver a recordar, si queremos, una parte de nuestra historia, por aquello de no repetirla.