RAPACES | O |
20 may 2003 . Actualizado a las 07:00 h.«NO HACE mucho, una institución de enseñanza participó en un experimento que intentaría dislocar una sociedad por métodos no violentos. Un equipo de expertos, a las órdenes directas del Director General, lo puso en marcha en el más absoluto secreto. La única herramienta utilizable era el prejuicio: dar por cierta y segura una opinión falsa difundida como veraz. Pusieron profesores nuevos en el único colegio elegido para el experimento. El director les habló: Hemos decidido separar a los alumnos por su nivel; no por apellidos, sino por capacidades y actitudes. Los listos o cooperadores estarán en el grupo A, y espero consigan un gran nivel; los torpes o rebeldes en el B, llévenlos como puedan. Y comenzó el curso.» «Niños y niñas compartieron distintos compañeros y profesores que otros años; éstos se aplicaron a satisfacer lo planteado por la Dirección. Se confirmó que los alumnos A parecían muy superiores y que los B eran incapaces de superarse. Cuando fueron demasiado fuertes las reacciones de los padres de los alumnos del grupo B que habían bajado su rendimiento, el colegio volvió al sistema antiguo. Su papel había acabado» «¿Mereció la pena el experimento? Sin duda. El prejuicio no fue clasificarlos en buenos y malos, sino hacérselo creer a los profesores, ya que, en realidad, el grupo A y el B tenían de hecho el mismo nivel de competencias. El trato sin equidad fue lo que discriminó realmente al grupo B. Se hizo real una falacia verosímil. El plan era eficaz y viable; con bajos costes». De poco te valió, Vigo, que te rigieran PP, PSOE o BNG; tu suerte estaba echada de antemano, con cualquier Gobierno. Fue cuestión de prejuicios. josemveiga@terra.es