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14 feb 2003 . Actualizado a las 06:00 h.ME VINE a Vigo en las postrimerías del reinado de Maite Fernández en Cultura, por lo que no he sido testigo de su gestión. Pero recuerdo que celebró su despedida con unos superconciertos que le costarían, como todos los de ese estilo, riñón y medio al contribuyente, que para eso está. Afronto, pues, su entrada en liza electoral con alguna ingenuidad: a ver qué propone. Y pese a sus esfuerzos, no me he enterado aún. ¿Seré yo, que ignoro lo que significa el modelo de ciudad llamado «gran Vigo»? Pero esa parece ser la clave de su programa. Eso y las abstracteces y buenos propósitos habituales: el amor a Vigo, la promesa de liderazgo, la dimensión comarcal versus la metropolitana o al revés y algún eje, el atlántico-sicalíptico, por ejemplo. Doña Maite insiste en la independencia. De partidos, de Santiago, de Madrid. ¿Por qué no de Oporto, del Vaticano, del mundo entero, ya que nos ponemos autárquicos? Y en el cliché de «más gestión, menos política», con el que suelen abanderarse los que no tienen mucho que decir. Pues que hable de gestión y nos cuente en cristiano qué quiere hacer con el urbanismo, el tráfico, el puerto, la industria, las calles, jardines, playas, saneamiento, impuestos. En particular, los impuestos, sobre los que no dice palabra ninguno de los destapados.Lo más impresionante de Maite fue su presentación, arropada por gente de izquierdas. ¿Raro? Sí, pero no. Es a la izquierda a quien place más la irrupción de Maite. Para quitarle votos a Corina. Sólo faltó en aquellos actos quien creerá que va a beneficiarse más de la riña entre las señoras de derechas: el candidato socialista. Claro que no iba a acudir a jalearla. Lides apasionantes éstas, pero en lo que toca a ideas para la urbe, sigo esperando más. No sólo de Maite.