Los marineros de Baiona no bajan la guardia. La tensión e incertidumbre continúan latentes como el primer día de la tragedia. El enemigo se esconde en alta mar y hay que salir a buscarlo antes de que ataque la costa. Los pescadores se turnan cada día para vigilar el litoral. Todas las mañanas salen dos barcos y otros dos se quedan amarrados a puerto listos para zarpar en el caso de que aparezcan manchas de fuel. Ayer fue el turno del Fraylet , una embarcación de naseiros de Coruxo afiliada a la Cofradía de Baiona. Francisco Vila es su patrón y enfila el barco rumbo a Santa María de Oia. El plan es salir hasta seis millas del puerto y llegar a Mougás, bordeando el litoral a unas dos millas de distancia. Tras dejar atrás la ensenada de Baiona, se ven a unos cuantos pescadores faenando en pequeñas gamelas frente a las Islas Estelas. La pesca para el consumo propio no es aconsejable pero tampoco está prohibida y así aprovechan las horas muchos marineros de la villa. Una milla más adelante, el mar de fondo y el fuerte oleaje complican las tareas de observación. La espuma que se forma en las rompientes y que luego flota a la deriva confunde a los pescadores porque parecen irisaciones de fuel. En dos ocasiones, tienen que dar la vuelta para cerciorarse de que no se trata de manchas de combustible. Desde el mar se observan a unos pocos voluntarios que todavía están limpiando las rocas en el puerto de Mougás. Pero en el agua, un día más, ni rastro de chapapote. Eso no les tranquiliza. Están convencidos de que el Prestige continúa soltando veneno y que, tarde o temprano, acabará llegando a la costa. Su desconfianza es absoluta. «La mar no quiere nada y lo devuelve todo para la costa», afirma Manolo San Román, un miembro de la tripulación. Auguran que con la llegada de la primavera cambiará la dirección del viento y las corrientes, con lo que aumentará el peligro de una nueva marea negra. Otros barcos volverán hoy a inspeccionar el litoral, y así hasta que se abra de nuevo de la veda. No hay prisa por volver a faenar, pero «sí somos los primeros interesados en volver a a nuestro trabajo», comenta Francisco Vila. Lleva 12 años en la mar, está casado, tiene dos hijos y sus ingresos han descendido mucho desde el comienzo de la crisis.Piensa que no se debería de abrir tan pronto, por lo menos hasta que no hayan concluido todos los estudios que garanticen plenamente poder volver a pescar. Mientras tanto, seguirán saliendo cada día al mar dispuestos a defender su medio de subsistencia, a luchar por su vida.