Si usted emplea más de una hora de su precioso tiempo en llenar una olla para cocinar, si sueña con grifos chorreantes y duchas abundantes, si el desodorante se ha convertido en el único amigo en el que puede confiar, si se lo piensa dos veces antes de tirar de la cadena, si es hijo predilecto de Lanjarón, miembro honorífico de Fontvella y accionista por derecho de Solán de Cabras, está claro: usted vive en Beade. Está tan claro como el agua que allí escasea, que ni el alcalde, ni ningún miembro con peso de la corporación municipal viguesa, habitan en esa zona olvidada de la mano de Dios, de la civilización y de las tuberías. De ser así, o de estar hablando del desierto del Mojave, o de la Edad Media, nadie podría creerse que en esta pluviosa ciudad en la que el deporte local favorito consiste en abrir zanjas, meter cañerías, cerrar, abrir las mismas zanjas, meter otras tuberías, así hasta el infinito y más allá, hay una zona en la que viven más de 7.000 habitantes que están desabastecidos de los servicios más elementales de una urbe. Se arreglan como pueden, con sus pozos (blancos y negros), sus fuentes y sus manantiales, mientras no se sequen.Ayer, los vecinos decidieron volver a protestar en la calle cortando el tráfico (segundo deporte local), porque ni Xunta ni Concello atienden a sus demandas a pesar de que ambas entidades habían llegado a un acuerdo para hacerse cargo de la red. El gobierno autonómico se echó atrás y el municipal no está dispuesto a pagar la factura. Mientras, paradójicamente, cientos de vecinos abonan el recibo de un agua que no reciben obligados por unas absurdas ordenanzas dignas de Los Hermanos Marx en la praza do Rei .Escoltada por decenas de robustos policías, la presidenta de la asociación de vecinos, Concepción Álvarez Abalde, recordaba ayer que no pararán hasta conseguir lo que es de derecho: «Un gobierno que es incapaz de dar a su población servicios tan elementales no es digno. Se denigra a sí mismo». Las elecciones están cerca y hay muchos votos en juego, pero en Beade también lo tienen claro: «No queremos promesas de futuro, sino realidades». Mientras, ajo y agua.