En 1994, la Autoridad Portuaria aprobó una concesión para Petrovigo en Bouzas. El proyecto sembró la alarma en toda la ría. Se trataba de una macroterminal de abastecimiento de combustible con capacidad para 92.000 toneladas que atraería a grandes barcos. Nadie sabe cuántos Prestiges podrían haber pasado por las instalaciones. Y nunca se sabrá. Hoy, de aquella aventura sólo queda el permiso para pequeños depósitos y surtidores repartidos por distintos puntos del litoral vigués.
22 nov 2002 . Actualizado a las 06:00 h.A la empresa se le dejó poner uno junto a la Estación Marítima, otro en Bouzas y en el muelle de Guixar se han permitido dos tanques de 2.500 metros cúbicos de gasoil. Simples avituallamientos. Lo que se había reservado en su momento en el relleno de Bouzas fueron casi cinco hectáreas de superficie. Para la recepción de productos petrolíferos se proyectó un pantalán de 200 metros de largo y 170 de línea de atraque. Una concesión en toda regla de la ex presidenta de la Autoridad Portuaria, Elena Espinosa. Así se podían albergar hasta veinte tanques que almacenarían 92.000 toneladas de gasoil, fuel y gasolina. Una barbaridad, a juicio de mariscadores, ecologistas y vecinos. Enseguida se movilizaron. Su presión duró varios largos años pero acabaron venciendo. El Plan Especial del Puerto de Vigo no incluyó el proyecto. Enfrentamiento De un lado estaba el poder económico: Petrovigo lo promovían los responsables de importantes grupos empresariales de la ciudad (Pescanova, Remolcanosa, Rodman...), quienes deseaban dotar al puerto de un servicio competitivo al nivel de Bilbao o Ferrol. De otra parte se situaban los marineros y los movimientos sociales, que consideraban esta terminal un peligro de incalculables consecuencias para el ecosistema de toda la ría. ¿Para qué atraer grandes petroleros que sólo vendrían a repostar al amparo de los beneficios fiscales de la Zona Franca?, sostenían. Precisamente Zona Franca y Suardíaz acabaron repartiéndose los terrenos que dejaba libres Petrovigo a comienzos de este año. Hay que tener en cuenta que el peligro de aquel proyecto residía no sólo en la atracción de petroleros y barcos con la carga peligrosa a bordo. Estaba, sobre todo, la cuestión de los posibles vertidos accidentales que pudieran surgir en cada maniobra de trasvase, la limpieza de tanques y reparaciones cada vez que los barcos fondeasen en la ría. No era una cuestión menor. En la memoria del proyecto, los responsables de Petrovigo dejaban claro que se trataba de competir con los grandes puertos de la fachada atlántica y de captar parte del tráfico que pasa por este corredor marítimo. Entonces se hablaba de 50.000 buques al año (muchos de ellos con sustancias peligrosas) y hoy se cifran ya en 70.000. Pero no sólo se oponían las diez mil familias dependientes de la pesca y el marisqueo. También lo hicieron la Universidad, el Instituto Oceanográfico...