Museo de Castrelos: visto y no visto

B.R.SOTELINO VIGO

VIGO

Crónica de un ilustrativo recorrido restringido por la más importante pinacoteca gallega

12 feb 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

El Museo Municipal de Castrelos Quiñones de León es uno de los centros de arte más pintorescos que he visto, o mejor dicho, he visto en parte. Porque actualmente no se puede visitar en su totalidad, ni saber qué hay o había en las zonas donde no se puede acceder. Al menos, la entrada es gratuita y en la recepción hay consignas adaptadas al euro (50 céntimos) para dejar el bolso, «como en el súper», apostilla el bedel. Hace años resultaba más entretenido a la par que estresante, cuando sólo se podía recorrer el pazo pegados a un funcionario que te explicaba lo que ibas viendo con particular desparpajo: «a su derecha una figura antigua, a su izquierda un cuadro, síganme, no se paren, que si no no me da tiempo». -«Pero, oiga, ¿y ahí arriba que hay?» -«Más pinturas, pero no se puede entrar». Ahora hay guías para visitas en grupos previa cita, pero ni un triste folleto sobre lo que uno se puede encontrar allí dentro (a excepción de los tesosros arqueológicos) si decide adentrarse en el misterioso mundo del arte galaico por su cuenta y riesgo. En este momento, varias salas se encuentran cerradas y nadie ofrece una explicación convincente sobre las causas. Los guardias de seguridad se limitan a hacerte comprender que donde pone «No Pasar», por si no sabes leer, significa que, efectivamente, no puedes pasar, pero no puedes averiguar qué es lo que te pierdes. En el catálogo editado con motivo de las últimas adquisiciones, los asesores Abreu Bastos y Antonio Quesada, recordaban que la colección de arte gallega del siglo XX, junto con la de Caixanova, es la del Museo Municipal de Castrelos, señalando además que el escaso presupuesto no hubiera permitido nunca la formación de la misma a no ser por la generosidad de los artistas que, o bien cedieron sus obras, o bien las vendieron a bajo precio. Entre vigilantes y visitantes Estamos en plenas fiestas de carnaval. Luce un sol espléndido en los jardines de Castrelos, donde los únicos moradores son los jardineros. Dentro, comparto recorrido con tres visitantes más. Hay más vigilantes que visitantes. Curioso. Un folio colgado con una chincheta sustituye a un cuadro. Una cartulina anuncia la ausencia de miniaturas ¿«en estudio»? Busco a álguien a quien preguntar pero los cuidadores sólo saben contestar como Sócrates, que no saben nada. Pregunto por un guía y aparece una, que me dice que me enseña el pazo, pero desconoce qué obras no están, el paradero y el motivo del cierre de las salas. Me tomaría algo en la cafetería, pero es que no existe. Me comparía un llavero en la tienda de souvenirs, pero tampoco hay tal cosa. Una mezcla de desinformación, desconocimiento u oscurantismo parece mover a los funcionarios y agentes que velan por el museo. -«¿Y la otra sala de arqueología?», pregunto. -«Es ésta, no hay más». «¿Y la otra sala de arqueología?», insisto a otro cuidador, -«Ah, sí, la otra...está cerrada». Deshumidificadores y radiadores de la época moderna comparten espacio con piezas de visible antiguedad. Si estuviera en el Moma, hasta podría pensar que se trata de una de esas instalaciones de arte contemporáneo que los creadores modernos bautizan cargados de inspiración: Composición número tres. Sin título. Pero no puede ser, estamos en una pinacoteca que alberga piezas desde el Paleolítico Inferior a finales del siglo pasado. Si alguien me preguntara qué tal está el Museo de Castrelos creo que no podría responderle otra cosa que: «Es interesante y además, intrigante. No sabes lo que te has perdido».