Riazor vivió una noche mágica como las del principio de siglo y el deportivismo tiró de grandeza para elevar a su equipo sobre el rival
07 jun 2022 . Actualizado a las 16:12 h.Confirmado. A la espera de la transformación en rey león otra vez, ser cabeza de ratón es lo mejor que tiene el fútbol. A Coruña regresó a principios de siglo y Riazor fue algo más que un estadio. Al Linares le cayó todo el peso del deportivismo en las horas previas. Incluso cuando sus jugadores elevaron la mirada para agradecer la presencia de su afición en la esquina reservada para ello, apuntaba la coruñesísima torre Hercón sobre las almas jienenses.
Como en las tardes del Oporto y del Espanyol, A Coruña colapsó en blanquiazul. Como si de tratase de un fluido deslizándose hacia la boca del embudo, acercarse a Riazor era adentrarse en la densidad de la muchedumbre, entrar en ebullición. Para el momento en el que llegó Deportivo en su autobús, las bengalas y el sentimiento generaron un agujero negro que manipulaba el espacio y el tiempo a su antojo. De repente, el Centenariazo, el Milan, las Copas, la Liga, y todo lo demás.
Había quien se lo tomaba de otro modo, claro. Paseando en el Dos Caballos del Leyma (no salió como se esperaba el otro play off); de despedida de soltera, de ganchete de un Brad Pitt de cartón, o con un helado de la Ibi y comentando una receta de chuparse los dedos: «125 gramos de harina, huevos...». Huevos.
Hambre, pero de fútbol es lo que tenían los aficionados deportivistas, que ya fueron coloreando la bancada y ejecutando el andamiaje del tifo al mismo tiempo que el equipo arrancaba con su calentamiento. Y sí, el calentamiento era global e irremediable.
En esos momentos, los aficionados del Linares vieron una ventana para dar el cante. Con el estadio medio vacío, el mérito era muy cuestionable. Minutos más tarde, Riazor puso su grito en el cielo y bajó a los andaluces a la tierra. No esperó ni a que saltase el once titular al campo. Para ese momento, ya tenía reservada la gran pancarta sobre la que descansaba el tifo: «Xa vou escoitando o ruxido dos que che levan a gañar». El ansiado rugido del león.
Cuarenta y ocho segundos, y el partido ya estaría decidido, si dependiese de las gargantas y no de los pies. Miku, en dos ocasiones, levantó a la grada. El gigante Etxaniz ponía el contrapunto y obligaba a sostener el aliento de vez en cuando. El árbitro murciano Salvador Lax no se quedó al margen de la fiesta y recibió a los diez minutos el primer gran aviso tras una falta de Perejón a William cuando el deportivista progresaba adecuadamente. La pitada del minuto 34 no fue menor, tampoco, El intercambio de ocasiones mantuvo al público pendulando entre el «¡Uy!» y el «¡Ay!» una media hora. La sombra del ascenso se iba apoderando de Riazor, dejando apenas soleada la esquina de los aficionados linarenses. ¿Un augurio?
Mientras se lo pensaban los del césped, los demás mantuvieron la tensión en piloto automático hasta el penalti de Lara en el añadido de la primera mitad. Y Quiles solo tuvo que empujarla once metros. Tras el amago de tangana posterior, que tuvo eco en la grada, todos a remojo en el descanso.
Regresó el duelo pisando a fondo, con el 2-0 en la punta de la lengua por obra de Quiles. Tras el impacto inicial, la grada entró en una animación de mantenimiento, típica del que se sabe superior, con la situación controlada. Está claro que en esos momentos, el calor va de abajo hacia arriba. Sendos controles de orfebre por parte de Quiles y Miku en el minuto 60 elevaron el tono en la parroquia. Cuatro después, el gol de Mario Soriano dio pie al «que bote Riazor». Los de Bergantiños y Quiles (ovacionado al irse, como Miku, justo antes de los silbidos a Noel), mera excusa para desatar la gran fiesta y el «Miudiño». Próximo y definitivo capítulo: el sábado. Espera el Albacete de Rubén de la Barrera.
Récord de asistencia, con 26.177 aficionados
El partido ante la Cultural Leonesa, que superó los catorce mil espectadores, suponía el récord de asistencia de un partido del Deportivo en Primera RFEF esta temporada, pero Riazor vivió un momento mágico con el duelo de la Champions juvenil ante el Dinamo de Kiev. Veinte mil deportivistas se dieron cita para empujar a los jugadores entrenados por Manuel Pablo en una cita histórica.
Ayer, la cosa se puso más seria todavía y las gradas acogieron a 26.177 espectadores, en una demostración de compromiso que llevó al equipo en volandas hacia la final del play off por el ascenso a Segunda División. Apenas había calvas en la grada.
Está por ver dónde se disputará la final y, si es en Riazor, si cuelga el primer «no hay billetes» de la temporada.