Lo que cuesta un epitafio en condiciones

Pablo Gómez Cundíns
Pablo Gómez LA PRÓRROGA

TORRE DE MARATHÓN

Uno guarda en sus adentros varios anhelos recurrentes, algunos imposibles, otros no vienen a cuento, todos relacionados con la grandeza del alma humana y su curiosa traslación a la mundana cotidianidad.

Entre los balompédicos, el de comprobar de primera mano si todo aquello que se cuenta del legendario football efectivamente confirma su propia involución hasta su metamorfosis esta suerte de plaga bíblica bautizada como fútbol moderno. Afortunadamente, la incapacidad para retroceder en el tiempo es la perfecta salvaguardia para conservar el mito en todas sus formas. Hasta el momento, el impulso de aquellos relatos ha sido suficiente para que la pelota no se canse de una vez y todo se vaya al traste.

Aquello no era fútbol, era sustancia vital, dicen. Por otra parte, en cuanto tiene ocasión, uno aprovecha para pedirle a la vida un buen hilo conductor. Una buena historia, que se sostenga hasta el epitafio. «La profesión fue por dentro» podría servir.

Aún sin tener la posibilidad de respirar tres cuartos de siglo atrás, no encierra demasiado riesgo afirmar que Discépolo lo clavó con su Cambalache, a pesar de lo cual, muy de vez en cuando, entre el revoltijo surge una figura empeñada en escribir su propia historia con los pies.

El patrón toma forma con la mortal necesidad. Jugar para vivir, o darle un bocado al balón. La realidad suele contribuir a la elección, pero el camino se recorre en solitario. Cuando no se tiene a nadie, o se asoma la cabeza, o se estira la pata. Es fácil cambiar la plaza del barrio por tu primer equipo. Incluso matar el gusanillo con el fútbol sala, mientras la maquinaria permanece al ralentí a la espera de alimentar al corazón. Pero haberse mudado a Vitoria o a Madrid ya no cuenta como emigración cuando quedaba por sufrir Ucrania y hacer de Grecia segunda patria. Por comer, pero también por esa buena historia que dé sentido a todo. Por un epitafio en condiciones.

La llamada de la selva no procedía de Alaska, sino de Monelos, del Barrio de las Flores, de Mariñeiros. Allá donde todavía no era el ídolo de la grada, sino un personaje de videojuego. Por eso, rescató el control remoto, renunció al fútbol moderno en nómina, aceleró el pulso y en la tormenta no varió el rumbo.

Porque esto ya no es deporte, esto sí que es vida, Lucas Pérez.