El traspié de «MasterChef»


No resulta fácil para un programa como MasterChef innovar cada temporada. Sobre un engranaje fijo que funciona como un reloj, el concurso se renueva cambiando a los participantes y poniendo más carne en el asador de la telerrealidad. Ese ingrediente alcanzó este año una nueva cota de surrealismo y polémica con el giro rocambolesco de una perdiz cruda y sin desplumar que colocó en el plato una concursante, Saray, que fue despedida por ello de manera fulminante.

El jurado mostró orgullo herido a la hora de asegurar que elegirla a ella había sido su mayor error en años, pero cuesta pensar que entre los 30.000 candidatos que se presentaron a las pruebas no hubiera nadie con mayor autocontrol y solvencia.

Nada más salir del concurso, Saray fue sincera y lanzó la caña. Aseguró que ella veía su futuro orientado en la línea de Gran hermano, Supervivientes o alguno de los realities de la factoría de Telecinco. De hecho, su ventolera, más que del servicio de una cadena pública, parece propia de esos arranques desbocados que sufren los tertulianos de Mediaset cada vez que es preciso refrescar los índices de audiencia. Llámalo casualidad, pero, poco después del numerito del ave muerta, a Telecinco se le ocurrió estrenar una versión gastronómica de Sálvame. Tal vez no tarde mucho en encontrar trabajo.

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