Entre la inmensa oferta de las plataformas de streaming, desde Juego de Tronos a la reposición de Friends en 16:9 pasando por Westworld (vean el primer y el último capítulo y ahórrense el sopor de los otros ocho), se pueden encontrar pequeñas joyas escondidas. Una de ellas es Midnight Diner: Tokio Stories, estrenada por Netflix hace pocos meses y que ha pasado desapercibida rodeada de tanto blockbuster. Basada en el manga Shinya Shokudo, de Yaro Abe, cuenta las historias que suceden en un pequeño restaurante de la capital nipona, casi una tasca, que abre a las 12 de la noche y cierra a las 7 de la mañana. «Cuando acaba el día y la gente se va a casa, empieza mi día», dice el Maestro, un personaje taciturno que es testigo de las alegrías y miserias de sus clientes: una oficinista que teje jerseys para los hombres que ama, aunque no le correspondan; un hombre al que le angustia pensar qué será de su colección de material erótico cuando muera, un niño solitario a cargo de un ludópata... Cada capítulo dura solo 21 o 22 minutos y el hilo conductor es un plato de comida -perrito de maíz, tofu de huevo, umeboshi y vino de ciruela, name frito, sopa de fideos con verduras...- que al final nos muestran cómo se prepara. En este «Restaurante de medianoche», como lo llaman sus parroquianos, pasan cosas que seguramente no son muy diferentes a las que ocurren en cualquier taberna o bar de España; esas nimiedades que al final son la vida misma, aunque aquí preferimos los menús televisivos con sal gruesa, como La que se avecina o Gym Tony.
Midnight Diner tiene cierto paralelismo con El gourmet solitario, otro cómic delicioso de Jiro Taniguchi y Masayuki Kusumi. La riquísima gastronomía japonesa (Tokio es la ciudad con más estrellas Michelín del mundo) es un filón que da para programas más sustanciosos que MasterChef o Arguiñano. Más referencias: el intro de la serie, con la bellísima canción Omohide (Memorias) de Tsunekichi Suzuki, recuerda a algunas películas de Ghibli. Gente corriente con historias extraordinarias.