No sé qué será de nosotros el día en que la gala de los Goya sea un éxito y nos veamos obligados a sorprendernos a nosotros mismos con buenas palabras. Pero mientras esa día llega, nos queda solo vernos en el reflejo de un show que cada vez se parece más a Cuéntame, porque sabemos seguro lo que va a pasar y aun así seguimos viéndolo. Es la única explicación para una audiencia notable que va paralela, eso sí, al desinterés que provoca la gala. Ni siquiera ver recoger la estatuilla a los premiados nos motiva, en especial desde que a todos les ha entrado esta sosez de resolver el momento reivindicando la profesión con dedicatoria a los compañeros nominados. Tampoco en eso Ana Belén -absorta- se salió del guion. Pero al menos con ella llegó un ápice de emoción: la que le puso su hija Marina llorando a moco tendido y la de ella cuando se dirigió a Víctor, «su compañero», para decir en público que la vida sin él sería infinitamente peor. Esa es en resumen la escasísima emoción que le han puesto los actores a su día, porque de la realización de la gala los espectadores no esperamos a estas alturas mucho más. De ahí casi el alivio sincero de que al menos este año nadie haya hecho el ridículo a lo bestia y de que nadie se haya pasado de frenada. Tal vez por eso lo mejor de esta edición haya sido la contención de Dani Rovira, que pasó por allí, pero sin más. Los Goya no tienen más gracia.