Qué difícil es contar bien algo y que el público se emocione con las palabras. Y qué difícil es contar el éxito de otro sin pasarse ni caer en la cursilería, poniéndole el punto exacto de sal a lo que está aconteciendo. Lo pensaba anteayer mientras escuchaba la retransmisión que Paloma del Río y Almudena Cid hicieron de las gimnastas de rítmica. Es imposible no rendirse al saber hacer de Paloma, que con esa sobriedad de la forma es capaz de aportar como ninguna otra la intensidad de los detalles, porque se lo sabe todo. Ella con un solo «qué bien» o un «olé» dicho a tiempo consigue situar al espectador en el clímax del espectáculo. A su lado, Almudena Cid fue emoción pura, con el nudo en la garganta nos contagió enseguida haciéndolos partícipes de la tensión del momento hasta acelerarnos el corazón: «Venga, chicas», «Ya está», «Una más y lo tenéis»... Con el último ejercicio, en el punto y final, Almudena fue un derroche, y su grito, un desahogo que retumbó en todo el país: «¡Tenemos medalla! ¡Tenemos medalla!». Porque Paloma y Almudena no necesitaron ver al resto de equipos ni conocer la nota para saber que estaba hecho, que se había conseguido el éxito. Como no lo tuvo tampoco el público que se entusiasmó con ellas y con muchos de sus compañeros de televisión durante los Juegos. El triunfo de la emoción también se lo merecen ellos, pero nadie cuenta la gimnasia mejor que Paloma.