Cuando éramos pequeños triunfaba aquel anuncio de bolígrafos: «Bic naranja escribe fino, Bic cristal escribe normal, Bic, Bic, Bic, Bic». Esa multiplicación de estilos, sin perder la esencia de la marca se ha trasladado con la misma filosofía a la tele, que encontró un filón al desdoblar los programas en versiones de lujo o infantiles. De esta manera, usted y yo vemos el mismo espacio durante doce meses por partida doble, o triple, pero al fin y al cabo el mismo programa. ¿Se acuerdan de la revolución Masterchef? Por fin un talent curioso de cocina, con jurado de nivel y buena factura, sin gritos y con el punto de sal suficiente como para atrapar a la audiencia. Pues bien, de aquel Masterchef original, como del Bic cristal, se generó la versión infantil. Y los espectadores pasamos de cocinar como adultos a cocinar como niños, y a los niños a querer cocinar como adultos. Con ese jugo de querer exprimirlo todo al máximo, ahora se han inventado la versión de lujo, la Vip, la de las celebrities que se pondrán el delantal para mostrar cómo un famoso coge la sartén por el mango con otro arte. ¿Resultado? Nos repetirá tanto el menú que acabaremos hartos, al igual que nos sucede con otros realities duplicados como Gran Hermano o La Voz, que en cuanto acaban vuelven a emitirse en ese nuevo estilo televisivo que tiende, esta vez sí, a infinito.