Jugamos como nunca y perdimos como siempre. Era lo que solía decirse en aquella era pretérita de la selección de fútbol en el siglo XX (y principios del XXI) antes de Iniesta. Nunca pensé que ganaríamos un Mundial, y menos aún que golearíamos a Italia en la final de una Eurocopa, así que lo que pase a partir de ahora me da igual: me puedo morir tranquilo.
Eurovisión es otra historia. Hay un festival antes y después de la caída de la URSS. La irrupción de los países del Este y de las antiguas repúblicas soviéticas ha convertido el concurso en una merienda de eslavos y nórdicos. Y a españoles, ingleses o alemanes nos toca ser comparsas. A Italia y Francia, al menos les queda la dignidad de cantar en su idioma.
Lo que no hemos entendido todavía es que en Eurovisión el trasfondo y la puesta en escena son tan importantes o más que la propia canción. El tema de la ucraniana Jamala era un truño deprimente, pero los jurados de la mayoría de los países se conjuraron para darle una bofetada a Putin. Y si quieres que te recuerden, tienes que salir con algo más que una camiseta de baloncesto bordada. Luego, el déjà vu: «Lo importante es haber actuado bien», «el premio es participar», «te han visto 8-9 millones», se lamentaba José María Íñigo. Cantamos como nunca (en inglés) y...