Los Goya o el club de la comedia

Javier Armesto Andrés
Javier Armesto CRÓNICAS DEL GRAFENO

TELEVISIÓN

Todos los años la misma película. Primero, una semana (¡que digo una semana, un mes!) atosigándonos con los preparativos de una gala que es un quiero y no puedo, porque ni esto es Hollywood, ni aquí hay una industria del cine -por lo menos, una industria independiente y que no viva de las subvenciones-. Después, la ceremonia en sí, larga, aburrida, tensa y con momentos sonrojantes, el peor escaparate para un colectivo que vive del espectáculo y dice representar al séptimo arte. Y por último, ya lo estamos viendo, el día después: el presentador que se arrepiente de haber ido, la patronal de los yates que se ofende por un chiste, las malas caras de algunos invitados, críticas e insultos en las redes sociales... Todo empezó cuando los actores se arrogaron una representación que no tenían (mejor que hubieran montado un partido) y utilizaron los Goya como plataforma política. En vez de una celebración, convirtieron el evento en una reivindicación. No es elegante invitar a un ministro para leerle la cartilla delante de millones de espectadores. Y luego está el guión, ¿es la fiesta del cine o el club de la comedia? Un chascarrillo por minuto, una pullita por aquí, un exabrupto por allá. Pero, un año más, los Goya no tuvieron ni pizca de gracia.